#CómoSalimosDeEsta

El hombre sin importancia

Raúl Mendoza Cánepa

Publicado: 2022-05-13


EL HOMBRE SIN IMPORTANCIA

Cuento

“La literatura no te salva de la muerte, te salva de la vida”. La frase da vueltas en tus sesos calientes. Sabes que es el último día en aquella sala de redacción. Llegaste a aquel Diario, invitado por Juan Grieve, un hombre muy vinculado a la banca y las agencias internacionales de noticias. Era un extraño, quizás el único vínculo con él era aquel premio iberoamericano de crónica periodística que ganaste y que él perdió. Brindaron en aquel salón para no volverse a ver sino dos años después por aquella carta en caligrafía breve: “señor Blanco, probablemente me recuerde, soy Juan Grieve y me han convocado para dirigir un proyecto periodístico grande en El Nacional, si está interesado, conversemos”. 

Lo leíste con inquietud y no dudaste en responder: “Señor Grieve, me interesa, pero para aceptar su oferta he de renunciar a la Revista R, donde llevo catorce años en una planilla con condiciones beneficiosas. Tengo tres hijos, una vida, qué me ofrece”.

 Desde luego, aceptaste porque ser de El Nacional era ocupar tu lugar, la línea de una vocación que se inició en la facultad de periodismo de la Universidad Católica. Buena paga, estabilidad y esa cuadratura de felicidad que solo logras ver dos o tres veces en la vida.

-Son las once, calculaste.

 Tú serías la primera línea a un paso de Grieve y a dos del director. Escribirías y leerías el contenido de tres páginas antes de apretar el botón y enviarlo a la imprenta. Escribirías y reportarías desde la calle.

 Tus funciones se redujeron a dos: apilar los recortes principales de los impresos de la semana anterior y contestar las llamadas. Grieve atraviesa la oficina, se detiene detrás de tu silla, no volteas, pero distingues su silueta oscurecida por el reflejo de la pantalla. Lee lo que escribes y se arquea rozando tu hombro. Su rostro de pájaro y esas orejas descomunales y casi siempre coloradas, el traje ceñido, sus tripas crepitantes antes de las cinco, cuando Lima garúa. 

-Ve al quiosco y consígueme el último ejemplar de Julio Verne. Es de El Comercio. No vayas a ser tan cojudo que te lo vean. 

-Sí, señor-musitas.

-Ah, por cierto, Bardales tiene que reunirse contigo hoy, no podemos dejar pasar más tiempo.

Impecable, extrae su pañuelo del bolsillo del saco, seca su rostro pálido y lo tiende sobre su escritorio mientras atiende una llamada.

Saltas como un resorte para cumplir una misión que, como todo, te la tomas muy en serio. Recorres las calles en trazos homogéneos para buscar un quiosco. Te preguntas que has hecho mal. Quizás haber colocado una letra demás al artículo de Henry Thomas, no es la primera vez que una letra o un punto te condena. Tu vida es un número faltante en una nota de pie de página, un acento mal puesto en una carta, un pequeño traspié tras un cúmulo de aciertos. La parte vale más que el todo. La misma razón por la que corres tras un libro entre veredas húmedas.

 iTomas con un temblor de manos tu móvil para llamar a Yoshi, pero desistes. Preguntas por Verne en el local de Anselmo, eres un rastrojo de nervios. Sacude la cabeza sin prestarte importancia. Escribes correos electrónicos que no logran respuesta y te quedas quieto tanteando el lugar en el que habrías de caer si falla la misión. Te recuestas en un muro del Centro Cívico, no sabes si volver a casa o a la oficina sin el ejemplar de Verne en las manos. Marcas sobre tu teclado con los dedos nerviosos.

-Juan, Juan, escucha, hermano, creo que me van a botar del Diario. Me cago de miedo, dime algo. Otra vez lo mismo. Julio Verne, edición agotada. Grieve me va a colgar. No perdona una.

- La jodes siempre con tus miedos. Agárralo del cogote. Solo quiere asustarte. Te ve así y por eso se hace el pendejo-dice con la respiración cortada.

Cuelgas y apagas tu aparato. Recorres la Avenida Wilson buscando un quiosco y el ejemplar de Verne. Parece haber volado de los establecimientos, como si a cada libro se lo hubiera tragado la tierra. “Por eso El Comercio nos lleva ventaja, allí sí saben hacer bien las cosas, Eliseo".

Quizás gatillaste cuando arrastraste a tu madre por las escaleras para velarla sobre un colchón luego de recorrer cinco hospitales sin un céntimo. “La plata es todo, no vengas con romanticismos, Eliseo”. Un hombre no es naturalmente un asesino, pero llega su hora, aprietas las cejas y afilas los ojos mientras el viento golpea tu piel. Los años no siempre deshilvanan las piezas del odio, a veces las refuerzan. No vuelves al Diario, te aterran tus manos vacías y trémulas. Tomas una combi a San Isidro, te resoplan, silban, mascan flemas, las arrastran desde la garganta. Bajas en la Javier Prado y caminas lento por Basadre tanteando la altura de los edificios, moles blancas con ventanas de espejo como de oficinas.

El hombrecito macilento ya se había ido de la banca que daba a la distribuidora de ediciones especiales de El Comercio, también la mujer gorda que se abanicaba en el frío. Eras el último que desde las cinco se había apiñado entre esa multitud solo para conseguir los últimos ejemplares de Verne. Como ellos, querías tocar alguna partícula de aire caliente desprendido de sus páginas en aquel invierno neblinoso de Lima.

-Ya no hay más libros, se han agotado-dice una mujer apostada en un poste de concreto.

-Se acabó Viaje al centro de la Tierra, ¿alguien lo quería?

Un hombre viejo se lleva el último ejemplar. Estás devastado. Lo sigues. Habías calculado cada uno de sus movimientos y trazado un esquema tentativo de su ruta. Gira sobre Prescott. El viento helado te eriza la piel, pero ya has soportado más de dos horas quieto como una estaca sobre la calzada. Alargas tus dedos en el bolsillo del sacón para extraer las últimas monedas que te quedan, ha sido un mal día. Revisas el contorno metálico de tu arma: un lapicero Cross de oro que consagra la memoria de aquella tarde en que tu madre te llevó a los lagos, cumplías quince años, tasas el peso y la textura. Doscientos soles en su valor actual. Debes ejecutar el plan según las pautas predeterminadas, aun derrotando la traicionera helada de la noche y los delgados filones de aire que se cuelan por tus fosas nasales taponeadas por una masa compacta que apenas te deja espacio para la respiración.

El hombre asiente. El intercambio es desproporcionado. La luna tiñe tus ojos con su luminosidad, ahora eras el último penitente de la calle, un solitario caminante hilando trayectorias diagonales sobre la pista sin ninguna explicación, vuelves siempre los ojos a aquel libro sobre cuya tapa se podía leer en rojo escarlata, el nombre de su autor: Julio Verne. 

Jueves. Vuelves sobre tus pasos para recorrer a trancos cortos la vereda que comunica con la puerta central del Diario. Grieve ya ha salido. Va rumbo a la resolana del norte. Tienes la respiración entrecortada por la humedad espesa y los resquicios de niebla en el paladar.


Escrito por

RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Abogado PUCP. Escritor. Columnista en Expreso. Ha sido integrante del staff de la página de Opinión de El Comercio y de El Dominical.


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