#SinCienciaNoHayFuturo

Un hombre en la oscuridad

Raúl Mendoza Cánepa

Publicado: 2020-10-21
Quizás es una de las novelas que con mayor sensibilidad toca la soledad del corazón humano y los múltiples laberintos que el ser humano recorre a lo largo de su existencia para ser feliz. En esta, su cuarta novela, Marcelo Ramos nos remite a un personaje que parece habitar la niebla, que es donde se siente más seguro, es el autoexilio o, peor aún, la opción por la autoaniquilación cuando la convicción es que la vida se acabó. En la historia, que transcurre en Buenos Aires durante la vuelta a la democracia, Simón Andrei representa esa soledad y el martirio que Sartre traduce en una frase: "el infierno es el otro".

Simón está a punto de perderlo todo, su vida es la de un hombre exasperado que tiene un pie en el abismo. La primera escena es la del hombre ahorcado en la habitación de un hotel.
Sí, Simón Andrei trabaja en un banco que está al borde de la quiebra; su matrimonio ha fracasado, su esposa lo tortura y, en general, su vida es un infierno. Él sale del banco a las seis y vaga por las calles solitarias de Buenos Aires para no volver a casa, donde sabe que será tratado con rigor. No encuentra reposo sino en esos parques repletos de parejas y bancas. "Y allí me anduve, haciendo tiempo para no llegar a casa, para encontrarla dormida; pero nunca era así. Anoche descansaba sobre el sillón, junto al fuego que, apacible, parecía chisporrotear en mi cara y de pronto apareció ella. Su voz raspaba las paredes, tenía un cólera muy antigua...". 
Pero era la imposibilidad de encontrar quien lo escuchara, un alma similar, es esa soledad moderna a la que se refiere también en su nuevo ensayo, en este caso es la narrativa de un hombre que nunca será escuchado ni amado. La muerte es su redención.
Y a su mujer no le interesa si él muere o vive, es claro en el tramo del balcón. Él amenaza con saltar, pero ella continúa viendo el noticiero. Vale añadir que su madre tiene cáncer y está agonizando en una cama de hospital y que su padre acaba de morir. No tiene de donde asirse, sin contar que no se atreve a decirle a su mujer que el banco le ha extendido una carta en la que le comunican su despido. Simón no tiene un amigo a quien confiarle las cosas, todos viven ocupados en sus casas o desaparecieron de sus vidas. En las madrugadas le habla al espejo, imagina que su reflejo es una mujer cualquiera que lo escucha y al final lo abraza.
Pero es esa soledad y esas abrumadoras cargas las que lo llevan a buscar una ayuda en el diván.
Sí, una psicóloga que lo escucha, pero a la que en el fondo no le interesa sus problemas. Simón cree enamorarse de ella, es la transferencia freudiana o el deseo de ampararse en ella en medio de esa tempestad que es su vida. Ella solo cumple una función y recibe una paga; incluso llega a establecer las reglas de la distancia. Él le propone un café, quiere salir del esquema al que la terapeuta lo ha llevado. Él siente que cuando le paga, le paga a una puta; pero no es un insulto sino esa sensación de la amistad o el beso que solo son posibles si es que se pagan. Su mujer amenaza con expulsarlo de casa y él no tiene donde caerse muerto. No hay casa, nada, solo el puente en el río. Ya no puede pagar las consultas y la doctora Rubio da por terminados los servicios.
Es cuando el suicidio ronda su mente...
Conoce a una despachadora en un restaurante, una bella mujer bastante comprensiva y dialogante. Él tiene miedo de espantarla, además ella parece siempre muy ocupada. Ella le cuenta algo de su vida, pero hay temas que no soltará nunca, ha sufrido, es un ave herida y ese encuentro de soledades lo anima, le devuelve la vida. Ella renuncia, pero le da una dirección postal, es la única salida que le da, escribirse.
La madre de él se agrava, todo es aún más complicado, él ya duerme en el jardín exterior de la casa. Aprovecha las últimas semanas en la oficina para escribirle.
Ella, Luciana, le responde las cartas, están a punto de verse, pero él retrocede porque le teme a su mujer, teme ser denunciado, que le quite a su hijo Simoncito. No sabe tampoco cómo pagará el tratamiento de su madre. Luciana se muestra como ninguna mujer se ha mostrado antes con él. No hay de por medio nada de deseo carnal ni ambición, él solo sabe que la ama y lo suyo es espiritual. "Recibo la carta en mi casilla, sin ella no habría ese pequeño punto de luz que me sostiene a la vida en ese infierno oscuro que habito y me hiela la sangre". 
Se escriben, surge la posibilidad de verse, pero hay un quiebre cuando él le expresa sus sentimientos y desde allí todo es muy confuso.
Desde allí solo él le escribe, está desesperado, la necesita y ahora más. Ha perdido el empleo. Nadie lo ayuda a recolocarse y se pasa los días mendicante de oportunidades que no logra. Se hunde, no regresa a casa, deambula por la ciudad. Caminar a solas es su único refugio, nunca tiene un destino, pero aún le alcanza algo de los ahorros para escribirle a Luciana y revisar su casilla vacía. No encuentra a quién más aferrarse, se convierte en una adherencia de la imagen de yeso de un santo en un templo, al que le habla con la esperanza de ser oído siquiera, con la esperanza de un milagro.
Un periodista descubre las cartas de él y las suelta y se arma un gran escándalo.
Simón es crucificado por un cronista, que lo presenta como un obseso. No entiende la desesperación que hay detrás de ese hombre. El escándalo lo destruye. No existían las redes sociales, imagina sino lo abrumador que hubiera sido para su ya endeble existencia.
Él huye a un pueblo cercano, va donde un sacerdote que solo se preocupa en la salud de su alma, en teoría perdida.
En ese drama pueblerino se ve envuelto en una carga adicional, lo sigue una deuda, lo encuentra, lo acusan de haber participado en una manifestación contra el alcalde donde hubo un muerto. Él, desde luego, ensimismado, no ha participado en ningún evento, se ha pasado los días en un albergue, pero es arrestado. Lo mismo ocurrió con Vallejo, recordarás. En este caso, la cárcel no es nada benigna, lo golpean, le trituran la mano y...lo demás es lo que se suele vivir en esos encierros. Ya su madre ha muerto, le llega una carta. No hay siquiera la posibilidad de tener amigos en esa prisión, todos están ocupados en lo suyo. Él escribe versos porque, aunque ha roto todo vínculo para siempre, vive enamorado y vive enamorado a sabiendas que llegará el día, pronto, en que hasta la memoria de esa absurda ilusión llegará a su fin. Solo fue un destello en la oscuridad.
Todo lo contado transcurre en dos capítulos, nadie imaginaría que la sustancia viene después y se centra en la idea ya tomada de la autodestrucción.
Sí, es un drama psicológico cargado de escenas carcelarias, vive en su Siberia, lejos de todo, pero es su nuevo infierno. Ha planeado al detalle cómo debe morir, pero hay eventos que se suceden que le dan el giro a la historia y que construyen la novela hasta el final. El diseño del personaje fue complicado, es un hombre sensible, nunca ha matado a una mosca, solo quiere sentirse acompañado. 
La salud mental es otro tema, porque ya no hablamos de una cárcel...
Hablamos de un manicomio, es su refugio, su silencio, pero también el escenario sobre el cual transcurre la experiencia. Sí, la salud mental es otro tema, en este caso se convierte en el eje. La tensión, la soledad, las búsquedas esenciales, el fracaso, la frustración son baratijas de lo cotidiano, pero si sumas todo erigirás a un hombre devastado. Ya no nos referimos a su vida sino a su mente. Será un doctor el que se encargue de sacarlo del pozo, tarea ardua.

Escrito por

RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Abogado graduado en la Pucp, life coach, ha sido periodista del diario El Comercio y es autor de diversos libros de política, literatura..


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