#SinCienciaNoHayFuturo

Se apaga una estrella

Raúl Mendoza Cánepa

Publicado: 2020-10-20
La historia que nos presenta Louis Romero (Guayaquil, 1977) es la de una gran estrella del Cine en el final de su existencia, es la vejez que llega y la deja a un lado. Él había sido el centro de atención de todos los entornos a los que pertenecía, pero cuando toca los ochenta años se convierte en un espectro, metafóricamente. La vejez, la muerte y, desde luego, el amor, la belleza y lo permanente son elementos con los que el autor juega para darnos atisbos de su pequeña sabiduría.

La novela es la historia trágica de la vejez, háblanos un poco de ella.
Es la historia de Anselmo Sánchez. Había sido una estrella del cine  allá lejos en su juventud; tampoco es que fuera una estrella o la fama lo sobrepasara, pero era el eje de muchas vidas. Era dinámico, dirigía a su familia, trabajaba intensamente y era convocado por los cineastas de la época. Se sentía el rey del mundo en sus cuarenta. El contraste es verlo en su vejez, sentado en un sillón desgastado, con todos pasándole por encima. Nadie lo mira y empieza a ser una molestia para su familia. Nadie le habla y él casi ha perdido el habla, pero percibe el mundo y razona, razona desde su soledad y patetismo.
Es la tragedia de los años.
La otra tragedia es morir joven. Él vivía aterrado por la muerte de su primo José a los cuarenta años, con tanto por dar al mundo, pero silente, imperceptible, aunque repleto de sueños que no llegó a realizar. Era el talentoso. Anselmo sí tiene una relativa fama y todos lo siguen, se encarga de las exequias de su primo, pero descubre la impotencia del cuerpo frente al final de la existencia. Lee a Unamuno, comienza a padecer de esa angustia vital que lo obsesiona con la idea de la trascendencia. En un principio se trata de trascender en el mundo, de ser famoso y quedar. Un sacerdote lo encamina por la vida sutil, por la trascendencia espiritual. Luego se enamora y cree que en el amor romántico está todo lo que busca. En cierta forma, el amor romántico por Alice lo descentra, solo piensa en ella y solo ella le basta. Él encuentra su trascendencia en ese goce del instante, que es la eternidad misma.                          
Es una vida completa. La adolescencia trae preguntas y desarrolla los traumas de la infancia, la creencia que era un hijo no deseado y su papel en el mundo. La mediana edad lo induce a preguntarse por lo que ha logrado y luego la vejez lo pone a un lado para que otros pasen.
Sí, los padres pueden ser el primer puñal y el peor en la vida de las personas. El daño te puede desangrar hasta el final de tu existencia. Una escena dramática es cuando el director de "Planeta verde" lo despide, lo confronta con la edad. Entra en crisis y vive en el espejo, aterrado por una foto reciente en la que se percibe tal cual está en ese mismo momento. Sus tíos son muy ancianos, ellos eran héroes fuertes décadas atrás, todo sigue el paso del relevo generacional y él ahora es víctima de ese relevo. Se enfrenta a un mundo de dependencia. No tiene una pensión y está quebrado. No hay herencia, solo algunas dificultades propias de la edad y la indiferencia del entorno inmediato, se convierte en parte del mobiliario. "Sumo los muertos de mi agenda telefónica, sin ellos se ha perdido mi contacto con el mundo".
Es entonces que Louis descubre que aún a su edad solo existe una manera de redimirse.
Es una respuesta heroica, pero le sale mal. Publica unas memorias que nadie compra. Los ejemplares le son devueltos. Conoce a una enfermera bella que frisa los treinta, él tiene ochenta y un poco más, pero se enamora y es un amor imposible. Su hija se burla de él cuando lo sabe, le refriega en la cara que no tiene derecho a vivir cosas de jóvenes ni a amar. Relee el Fausto, de Goethe y hasta juega con la idea de convocar a Mefistófeles, pero los años lo han convertido en un sujeto amargado y descreído que vive sentado aguardando a Godot, solo que Godot si vendrá y es inexorable, la muerte . Apenas puede hablar, ya dije, pero hay un gran monólogo interior que nos permite comprender las edades de la vida.
Y también la idea de la muerte, sobre la que eres muy recurrente.
Es el temor mayor porque es el mayor misterio. Si lees el monólogo de Hamlet reparas que le rehuimos por lo que podemos encontrar en ese valle de sombras, si es que no es sueño puro. Anselmo es católico y se sabe un gran pecador, "soñé con unas fotografías viejas, soy niño y soy puro entonces como nunca después lo fui".
¿Eres pesimista?
No, soy un observador, pero sí hay un evento redentor y ocurre en la vejez de la madre de Anselmo. Ella muere a los ciento cinco años y se muere de risa. Es una mujer que entra en el mundo profesional a los sesenta, se convierte en una oradora motivacional, de las precursoras, a los setenta y vive en agitada actividad hasta el día de su muerte, de risa, de una risa franca e interminable que la mata. Nadie le quita el rictus. Era una mujer alegre, concentrada en sus tareas. Como ves, las edades de la vida no son un modelo de evolución, es la persona en concreto la que evoluciona como se lo plantea y no necesariamente como se lo plantea la vida. Anselmo había pasado por alto todo esto, lo importante, lo verdaderamente importante siempre estuvo cerca de él. 
O estuvo en él.
Sin ninguna duda.

Escrito por

RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Abogado graduado en la Pucp, life coach, ha sido periodista del diario El Comercio y es autor de diversos libros de política, literatura..


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