sin ciencia no hay futuro

El Bocón

COVID y magia política

Raúl Mendoza Cánepa

Publicado: 2020-05-28


Aún con algunos errores, el gobierno de Martín Vizcarra ha tratado de decidir con corrección, pero las decisiones se alimentan del conocimiento de la sociedad y, pese a los asesores, no se vio lo que era visible: que el 70% de los peruanos vive del día a día, que no existe ahorro privado familiar ni crédito universal ni formalidad patrimonial, que pocos tienen cuenta bancaria, que existen déficit tan básicos que pasan por increíbles como la cantidad de hogares sin refrigeradores; esos que compran y consumen lo que ganan en el día para al siguiente día salir a comprar no tienen cómo conservar los alimentos, los hogares peruanos no están preparados para ser pequeños tambos ¿Ni qué decir de los déficit tecnológicos en las casas o en las escuelas? En el Perú nunca se han producido proyectos de ciudades sostenibles, los mercados son atolladeros y callejones. La salubridad no tiene significación importante, no existe una cultura de la higiene y, desde luego, si la corrupción se presupuestara (seamos surrealistas), su monto superaría al de cien hospitales y miles de respiradores. Nunca interesó la infraestructura y desarrollo hospitalario y educativo. El peruano es, además, renuente a las órdenes, desafía a la autoridad, él mismo se asume autoridad y minimiza los riesgos de una peste. Curioso, la historia de siglos nos dice lo contrario. "Primero es el hambre", dice, desde luego, siempre que tu propio contagio no sea el de diez o cien, con el correlato de muertos. Mas, ese es el perverso dilema y no tiene solución.

No se trata de imputar responsabilidad en el pueblo, tampoco en el gobierno, no había tiempo para resolver todos los problemas estructurales en un mes. Era sabido de la relativa eficacia de distribuir bonos, convirtiendo los bancos en una posible fuente de contagios. Era previsible que un país del día a día, la cuarentena iba a ser parcial y que nadie como el policía o el soldado, cuando no el Presidente, iban a ser objeto del desacato más suicida aunque comprensible.

¿Quién tiene la culpa? Nadie y todos, porque poco se podía hacer. Italia o España tuvieron menos tiempo que el Perú para prepararse, pero más recursos y la peste los tocó con horror. Quizás nuestras autoridades no vieron las noticias o se quedaron pasmadas porque entre el 15 de enero y el 16 de marzo mediaron dos meses, pero ninguna alerta que fuera sensible. Quizás nuestras autoridades veían termómetros inútiles en algunos aeropuertos del mundo (los asintomáticos llegaban en tropel a América), pero aún con todas las vistas, la decisión radical tardaba, los controles en el Aeropuerto tardaban, nadie tomaba la decisión y cada semana contaba por el número de personas que seguían llegando para diseminarse. Europa era, quizás como China desde días antes, un vector, los viajeros de las vacaciones de verano, eran los peruanos y turistas que llegaban día a día sin síntomas, con la probabilidad de esparcir el mal, aún callado ¿Fue el piloto el primer contagiado o el primer registro mientras ya corría la máscara de la muerte roja por los distritos fichos de la capital? El piloto, paciente uno, batalló por una prueba que, tras insistencia, se la hicieron...Recién una semana después de la incidencia se cerró el Jorge Chávez mientras más personas como el piloto llegaban y llegaban asintomáticos o no, y solo cuando la decisión tocó el índice de racionalidad se decretó la emergencia. Fuimos (como todos), probablemente, una coladera. 

Los pronósticos no parecen hoy los mejores según cálculos de algunas instituciones extranjeras serias. No hay meseta clara encima, pese a que  se hizo todo, pero la realidad del país se superpuso para que el mal corriera como reguero de pólvora. Claro que los países que nada hicieron (Estados Unidos, Reino Unido, Brasil o Suecia) tienen muchos más muertos que lamentar, aunque no por millón de habitantes como el Perú. Nos ganó la realidad.

Entre una economía que se quiebra y el desastre sanitario que se advierte,  la opción ahora es que todos colaboremos en unidad, vale para los poderes del Estado y para la gente. El año no es propicio para la dispersión y el conflicto. La unidad comprende a todos, pero cuando veo a un sujeto deambular en una calle poblada sin barbijo y lo multiplico por cien o mil, la esperanza de unidad y colaboración en ese nivel se hace añicos. Que no sea la senda a la alternativa del orden y de la fuerza en la elección del 2021, que no sea el servicio militar obligatorio, la disciplina dura como cosecha, la educación cívico militar o el rigor que aliviana la libertad, pero ya podría haber quien piense en el péndulo. El Perú necesitará un líder sólido, maduro, con manejo de crisis y plenamente democrático, pero él no aparece aún desde las tinieblas ¿O sí? 


Escrito por

RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Abogado graduado en la Pucp, life coach, ha sido periodista del diario El Comercio y es autor de diversos libros de política, literatura..


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