sin ciencia no hay futuro

Una guerra contra el miedo

Raúl Mendoza Cánepa

"No hay nada tan característico del progreso desde la bestia hasta el hombre como la disminución de la frecuencia de ocasiones justificadas para sentir miedo"

-William James

Publicado: 2020-04-02


Antes de morir toda la vida corre frente a tus ojos. Ni siquiera imaginas cómo es: la prensa que atenaza tus sienes, las bocanadas del aire que se cuela, delgadísimo, en los intersticios de tu traquea. El polvo denso formando figuras en la intemperie. Los dedos alfilereteados que pierden progresivamente la textura de las cosas. Aparecen frente a ti cada pasaje de la memoria, las tazas de té en las manos de la abuela, el rictus de dolor del abuelo en sus últimos segundos en el año de la peste, la luna llena sobre el Iguazú. Asoman, infelices, los rastros moteados de sombras azules, las descomunales y las pequeñas tristezas, las que se diseminaron y las que se quedaron en las comisuras del labio para siempre. La sonrisa de mi madre.

Me arqueo. Apenas puedo abrir el cajón de una mesa de noche. Es curioso cómo yo, que odiaba los papeles, guardaba en una caja un descomunal cúmulo de cartas, de oficios, de medallas que se humedecieron con el vaho de esta muerte que me captura apenas en algunos instantes. Las he leído todas. Las he reunido cuidadosamente: devueltas en un solo envío, ajadas, con letras que se deforman entre las líneas, sin sello oficial. Una señal, la humedad de un llanto antiguo desdibujando las jotas y las emes...

La peste se inició en un laboratorio en la China. Con los ojos rojos, pesados, recorro cada línea de la nota. Estoy frío, pero sudo, erizado, medio muerto por el miedo. Flota en el aire como un ejército de esporas que se introducen por la boca, por las fosas nasales, por los ojos, por la piel. Me agito y me arqueo. Eludo el avispero de murmullos y de gente que resopla, tose, exhala y corre por las calles del centro. A veces siento ser un cuerpo cazado y los síntomas se vivifican. Soy un hipocondríaco, una especie condenado a sentir los dolores que cree tener o o a boquear como pescado en puerto a la más ligera señal. Si nos dicen que hay una flota de insectos sobre nuestras cabezas, sentimos el picor y la punzada que atraviesa todas las dermis.

Cuerpos como trapos en las aceras. La Televisión se ha convertido en un aliado del miedo.  Todo ha pasado a un segundo plano, miles de muertos, cuántas veces pude haberme cruzado con uno de esos cadáveres e inhalado las partículas de su respiración entrecortada. Ahora todo circula rápido, la información y la gente, el miedo y la enfermedad. Todos tienen un aparato por el que viven al día de lo que ocurre al otro lado del planeta y, por tanto, cada segundo los ojos se crispan en la ventana. Ya no ocupo el balcón. Miro las notas resplandecientes una y otra vez recordando lo que leí sobre Bocaccio en la peste negra. Nos hemos recluido en casa. Escribir o pasarla rápido, que no es lo mismo que anhelar pasarla rápido como Petrarca. Lo leí todo en un libro sobre pestes, así que conozco las curvas y la velocidad del contagio. Conocí allí que ni Atenas se libró de esa sombra que se cierne sobre las ciudades. Me pregunto cuántos meses transcurrieron para que un habitante de Florencia conociera que en Mongolia los muertos eran catapultados y que los italianos viajaron a Sicilia llevando la muerte en las ropas, 1347, lo que ahora llamamos "guerra bacteriológica". Un emisario de la muerte de pueblo en pueblo y a caballo narrando historias increíbles lo hace hoy un periodista desde una cadena internacional.

No soy un florentino del siglo XIV sino un limeño del XXI. El mal se prende por horas en los metales de los aviones y en los ascensores, en las agarraderas de los buses;  la ansiedad, la ansiedad me estrangulaba en tiempos normales, respirar, respirar era una obsesión que me acompañó o, más precisamente, que acompañaba a mis fobias porque ambas están articuladas. Respira, respira, son los nervios. Me hielo y creo que la inercia insuperable es la muerte misma. Es como una mano que me ahoga, inmóvil, pero más precisamente un vector de ese otro miedo que me alejó siempre de los hospitales, de los ascensores, de las extensas planicies. El último enfermo que vi me nubló los ojos y me encerré en un baño. Un salpullido o un ataque de asma, recorría las galerías con un aparato nebulizador. No sé ya sumar cuántas veces llevé a tu madre al seguro social corriendo a leguas entre esos pasadizos recortados por decenas de camillas y bultos moribundos que regurgitaban. He eludido los buses siempre, cada aire que tocaba mi cara era la tuberculosis que penetraba mis pulmones, la cara amarillenta del cobrador era la tifus, por eso lavaba las monedas con lejía y sal y me la pasaba inventando excusas para mi locura. Y la peste ha llegado para restregármelo en la cara.


Escrito por

RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Abogado graduado en la Pucp, life coach, ha sido periodista del diario El Comercio y es autor de diversos libros de política, literatura..


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