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El hombre que amó al Perú.   Escrito por: Raúl Mendoza  Cánepa

Por los 107 años de su natalicio (el 7 de octubre)

"No soy hombre de ambición que busca afanosamente el mando; soy hombre de ideal que sale al encuentro del deber"

Fernando Belaunde Terry

Publicado: 2019-10-08


Los grandes héroes, en la línea de Carlyle, más que suscitar adhesiones y apasionamientos, gestan civilizaciones, construyen los cimientos sobre los que se erigirán culturas y ciudades. Fernando Belaunde aportó a la Historia nacional la obra y visión de un estadista constructor. Constructor en el sentido lato del término, como aquel que traza las bases de una civilización.

Su construcción requería primero, el dominio de una geografía agreste y hostil, esto es, asumir “la epopeya de la tierra”, el líder desafiante la volcó en el espíritu indómito del peruano que no se somete a la topografía abrupta ni a los andes empinados, que los reta: el peruano amplía su frontera agrícola, extiende su espacio vital, traza sendas en las nieves perpetuas.

Ese espíritu fue visible en la obra civilizadora y modernista de Manuel Pardo, en la concepción urbanística de Augusto B. Leguía. Pero Belaunde “vio más” y en fascinante alquimia, convirtió el desafío en doctrina.

“La conquista del Perú por los peruanos” resume la doctrina que Belaunde cimentó. No la sustentó para la agenda de un gobierno, acaso el suyo, o para un programa, la concibió como un cúmulo de respuestas que habrían de trascender su propio tiempo histórico.

La concepción doctrinaria de Belaunde tiene germen en tres situaciones vitales que constituyen su simiente: la vocación urbanística de su juventud, inspirada en la estética y el trazo parísino, el New Deal que Franklin Delano Roosevelt impulsó en Norteamérica para salvar a la democracia y al capitalismo liberal de las fauces del comunismo y el fascismo así como el amor a la Historia precolombina. La urbanística francesa y los contenidos de la arquitectura moldearon la mente de un planificador de obra física. El liberalismo rooselvetiano le dio a conocer la sustancia de un liderazgo anímico que reclamaba “fe” y energía colectiva para derrotar la parálisis nacional. La grandeza del incario marca la tercera fase evolutiva del pensamiento Belaunde. Trazada la senda, se volcó al estudio del pasado indígena y halló en la organización comunal las respuestas al reto geográfico.

El Inca trazó largos caminos, vías longitudinales que sirvieron para delinear la corriente sanguínea de su imperio, hirió los valles con zanjas y erigió tapias, invadiendo el arenal. Perforó las mesetas y los ascensos con hincados de estacas y cordeles. Desafió, enhiesto, con sus vías a los más ásperos accidentes. Excedió a la obra romana de caminos. Llevó el camino real de los llanos por los bordes del océano y socavó los cerros para adentrarse en las alturas. En ese mapa de trazos inteligentes delineado en tierra, gestó vías transversales, desde Tumbes a la serranía, desde Trujillo a los interiores de Cajamarca y hasta los márgenes de la selva en Chachapoyas; desde Lima a Jauja. Los caminos fueron las venas palpitantes del imperio.

Ese mismo impulso que convirtió a Lleras o Kubitschek en gestores de ánimo colectivo, condujo a Belaunde, inspirado en la técnica, el liderazgo anímico y el legado histórico, a diseñar un pensamiento. El territorio, dice, “no está aquí como en otras civilizaciones a favor, sino en contra del hombre. No es, como en Egipto, un valle fértil y acogedor el que lo define, sino una cordillera áspera y empinada: Y, sin embargo, los Andes implacables fueron cuna, como el Nilo fecundo, de una civilización inmortal”

En el Perú el capital subyace a la tierra, y en el ímpetu de tomarlo, al Hombre peruano no le queda sino cavar, y en su trajín, consagrar la lampa y el tractor.

El hombre político, despojado de su aspiración inmediata, había llegado a Chincheros en busca de ideas, allí plasmó el ideario que, como faro luminiscente, le señaló la ruta. Vio que en aquel pueblo olvidado entre las nubes y los riscos, todo se hizo por esfuerzo local. En julio de 1956, lo proclamó en la plaza: “Mucho de lo grande que tenemos se lo debemos a la acción popular. Por acción popular llegaron a sacsahuamán los inmensos monolitos de su triple muralla. Por acción popular surgió una ciudad misteriosa y poética en la cumbre de la montaña y se elevaron catedrales sobre los cimientos de los templos paganos. Y es la acción popular, perdida en lo remoto del pasado y en la lejanía del porvenir la que lleva a las comunidades indígenas a unirse en el esfuerzo del sembrío y el festejo de la cosecha”.

Belaunde no aguardaba a los pueblos, él iba hacia ellos para escuchar sus latidos: “voy en busca de los pueblos a escuchar sus reclamos y a recoger su esperanza… No aguardo en la quietud de mi casa que ellos toquen a mi puerta. Soy yo quien los visita en la costa, en las serranías, las punas y las selvas.”

El pensamiento de un líder vive tesoneramente cuando las generaciones por llegar lo convierten en crisálida. Inyectarle la vida es darle alcance y definición política. Un plan integral nacional de infraestructura, el gran Plan del Perú físico que aún se aguarda, una visión precisa que liquide la improvisación y el azar, será el más grande tributo de los peruanos.

Este nuevo proyecto de la república será el puente que conecte el mañana con el pasado magistral: la colonización de la selva alta con la carretera Marginal; las represas de Pañe, Tinajones, Condoroma, Gallito Ciego; las grandes vías, la de Los Libertadores, las de Lima - Puerto Fiel; los tramos Chancay - Río Seco y Juliaca - Yunguyo; las carreteras Piura - Paita y Piura - Sullana, los puertos San Martín y Yurimaguas - los de Salaverry, Pucallpa y Matarani-; los túneles Regal y Balta; la hidroeléctrica del Mantaro, la de Charcani V, la de Carhuaquero; el conjunto habitacional de Santa Rosa en el Callao, las Torres de San Borja, Limatambo, San Felipe y Palomino en Lima; Gamarra en Cusco, Ignacio Merino en Piura.

La vida de un visionario no culmina con la consumación de su obra o de su ciclo biológico, pues se abrirá alguna vez, abrupta, como la puerta de un nuevo comienzo o acaso será la inspiración de un nuevo sendero. Como Ernest Bloch lo sugiere en su principio esperanza: "siempre se vive en la prehistoria, pero el verdadero génesis está al final y no al principio".


Escrito por

RAÚL MENDOZA CÁNEPA

Abogado graduado en la Pucp, ha sido periodista del diario El Comercio y es autor de diversos libros de ciencia política, literatura, etc.


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