Cada domingo el parque frente al mar les servía de refugio. Él tenía la garganta inflamada y un nudo que la apretaba. Ella era su salvación, la psicoterapeuta que lo recibía a horas inusuales en lugares inusuales. Decía que no importaba la ausencia del diván o las diplomas porque, para ser precisos, no tenía una que mostrar. 
historia de desamor

Ella le había confesado sus fobias, hablar en público, someterse a interrogatorios. Él sabía más de la vida de ella que ella de la de él. La dinámica se había invertido y la doctora Anastasia se había convertido en el centro de atención. A Julián no le interesaba pagar lo poco que le quedaba del mes solo para escucharla, para saber de aquellos oscuros vericuetos por los que ella había transitado. Eran el parque frente al mar, el césped y la doctora.

Cuando supo que no tenía el título, tan deductivo y prolijo en los procesos de exploración de la verdad, rumió frente al ordenador. Supo por primera vez que ella era capaz de mentir, como lo haría infinidad de veces hasta cuando se supo descubierta y ocultaba la mentira con otra mentira como un engranaje débil que solo confirmaba las sospechas de él. "Debí haber sospechado de sus métodos, esos que confundí con heterodoxia".

Cuando quiso encararla su corazón latía a mil porque muy en el fondo sus sentimientos cuajaban y se partían, lo llaman "amor" o en términos menos sublimes: "transferencia". Leyó a Freud para comprender lo que ocurría en el mar caliente de su interior. Quería un hacha para deshacerse y morir porque le había confiado todos sus secretos.

Ella venía de un divorcio, un quiebre que la había partido en la mitad; pero también se le abultaban las cuentas. Con dos hijos, se las vio para hacer de tripas corazón y enredarse con un gerente de la Pacífico. "Él me da paz", le decía, sobrepasando el vínculo de confidencialidad con su propio corazón. Él sabía que esa paz no era amor, ese amor que la había trizado como a un vaso y del que deseaba huir. La paz es un estado de seguridad financiera, de amor sin amor, de mares que no se encrespan, que no se encresparán. "No lo amo, es solo la tranquilidad", decía aunque a Julián le rompieran el alma. Empleado de una gasolinera, tenía poco que dar mas que darse a sí mismo, que ya era poco.

"Esta es la última vez", dijo ella. Él se encolerizó, se sabía engañado. Recordó la última vez hacía dos meses en la que ella le dijo que tras un rompimiento amoroso, lo sensato era seguir la soledad, amarse, mirarse al espejo y aguardar a que todo se centre, pero ella no seguía sus propias líneas; había vuelto a una relación solo por necesidad, una que superaba su propensión a los cuentos de hadas o a las pasiones desenfrenadas que nunca dejaría de extrañar.

Julián llegó tarde, en medio de una vorágine que también se lo habría de tragar a él. Sabía que nunca más la volvería a ver y que ese parque sería el eje de un conjunto de recuerdos que lo seguirían hasta el día de su muerte. "Todos mienten, qué importa", se decía, tratando de amainar esa tempestad que lo agitaba, que arreciaba en su interior como lluvia ácida. La despedida fue tensa, sobregirada de odios para él, de gritos destemplados que se le atracaban en la garganta. 

Ella se fue, desapareció como si se la hubiera tragado la tierra, bloqueó todas sus ventanas para que él no la viera, borró sus rastros para que no la encontrara. Temía que la denunciara, temía su odio agotado, sus heridas reabiertas y todo lo malsano que ella trató de curar con sus falsas ciencias. Lo había sepultado en un adiós sin vuelta. Él solo volvió a casa.