No sé, doctor, no podría decirle cuántas veces me ocurrió, las imágenes son como espejos rotos que trato de olvidar deliberadamente, pero nada se puede olvidar deliberadamente. Solo tengo en la memoria algunos de esos eventos. El más reciente y que me trae aquí es del 5 de junio. Servían el mejor café de Lima. Cafetería, inauguración en el noveno piso, edificio central.
Las nubes son muy tenues


 Ocho y media de la mañana, se abrieron las puertas del ascensor. Una mujer de sacón rojo apretó el botón. Los muros de metal cromado reflejaban mi ojos caídos, dos colgajos húmedos. Piso seis. El ascenso secaba mis labios, la garganta se me cerraba conforme tocábamos el piso siete dentro de aquella caja de dos por medio que parecía tocar el cielo. 

El Doctor Rubio dice que le tengo fobia al cielo, ¿se le puede tener fobia al cielo? La luz se encendió en el nueve y todo se detuvo. La sangre se congestionó en mi cabeza, las piernas temblaban. Creí que me desplomaría. Todos traspusieron el umbral metálico camino a ese infierno de interminables ventanas a través de las cuales se podía ver la ciudad desde sus cuatro planos. Yo fui el último en colocar los pies en aquel tramado de losetas azules. Caminé con torpeza hacia una mesa sobre la que se erguía una cafetera dorada. Sobre una pizarra, con tizas azules y blancas: café americano en vaso, MOCA, frapuchino. Una mujer con delantal amarillo se adelantó: "el mejor café del mundo, pruebe". Mis ojos rehuían la techumbre abigarrada de las casas viejas y de los templos. Como una reacción traté de centrarme en las losetas, conté el número de cuadrantes a mi alrededor y el número de pasos que debía dar para volver al ascensor.

Morir allí mismo hubiera sido un escándalo. Primer día, mi cuerpo yerto y boqueando en medio de todos esos encorbatados que no entienden que el vértigo no siempre es un mecanismo racional del miedo sino una minusvalía, un extraño fabricante de monstruos y probabilidades. "Nunca digas a nadie que temes a las alturas, que los aviones son cohetes espaciales destinados a estrellarse en medio del cielo". Nunca más me subiré a uno de esos aparatos, la última vez me quedé quieto en la sala de embarque y lo dejé partir, mientras barajaba todos los argumentos que usaría ante el Gerente General de la Pensil Corp para justificar mi ausencia en Buenos Aires, todos menos aquel que es preciso para explicar mi mal, el miedo a la altura, comúnmente llamado "vértigo", pánico que se apodera del nervio total y nos ahoga. 

"Exhala, inhala, cuenta hasta diez, solo estás hiperventilando, amor". La primera y última vez que me monté en un vuelo fue a La Libertad, cuarenta minutos que se hicieron horas interminables de susurro con la muerte, con la voz de mi mujer martillando mi cabeza. Me ahogaba como un pez en las alturas de algún tramo del océano peruano, pero era un trayecto ineludible sin parada en el desierto o en alguno de esos parajes llanos no contemplados en el itinerario. No habría,  en una emergencia médica, un terreno propicio para el aterrizaje y ninguna posibilidad de abrir esa compuerta metálica, sellada, que me estrangulaba cada minuto con su descomunal fuerza. Ellos, ella, me verían llegar sobre una camilla, echado con los ojos bien abiertos, bocaarriba, trajinado como un estropajo, bañado en sudor y con esa rojez que ya desde la cola del counter delataba mi miedo. Dígame que hay una cura.

Nadie me contrataría doctor, usted sabe aquello del mundo global y de las miles de millas por recorrer en el aire ¿O le diré al jefe que soy la tembladera que todos odian? El mundo es de los valientes, decía mi padre, echando grandes bocanadas de humo y citando a Julio César o a Julio César en Shakespeare. Murió sin quejarse, mostrando la herida abierta y poblada de su pierna. Juraría que nunca conoció el temor. Combatió en la montaña como un buen soldado, batiéndose a balas con el enemigo, matando a diez. Solía mostrar las picaduras de los insectos en su piel de jebe. Sé que buscará en mi infancia, que creerá que soy un libro abierto que puede explorar e interpretar a la luz de sus libros, pero mi problema comenzó recién, no sé si progresiva o abruptamente, pero en alguna fecha imprecisa de 2014 o 2015. Cuando me derivaron por un oficio el mandato de atravesar los Andes rumbo a Brasil, me negué. Quedé desempleado. Tramé con el doctor Meyer un certificado que me convertía en un enfermo cardíaco, la víctima de un mal que no supe explicar. Bradicardia, quizás una sucesión de latidos acelerados o todo lo contrario. No quería que se arremolinaran en torno a mi asiento o que buscaran un médico para hacer de mí un despojo, un margen estadístico entre los millones de viajeros que vuelan a diario en todas las rutas del mundo... Mi jefe me observó con conmiseración, con ese rictus de desgano que en él era un decreto de muerte, pero firmó mi salida.

Había habitado esta ciudad pobre trazando líneas en sus jirones viejos durante tres años, tres años de desempleo, doctor, que me empujaron a tantear todas las oportunidades, menos aquellas que significaran escalar ocho, nueve o diez pisos, darle marcha a las cumbres andinas o, lo que era peor, abordar un avión. No, no se trata de un sentimiento de fatalidad sino de una ansiedad real que me reduce a ser un insecto en un frasco. He oficiado de mensajero, de mozo, de receptor en un edificio de residencia...

Todos bajan del ascensor con aquellas miradas de satisfacción que se explican solas, el buen café de Chanchamayo, las tostadas, el aroma del agua caliente que se desprende de todos los alientos. Mis ojos solo miran apurados los números del descenso, nueve, ocho, siete...Por eso he venido hacia usted, para que encuentre una razón que quiebre toda conjetura, una razón animal, un instinto torcido, una enfermedad mental cuya cura no dependa de confrontar precisamente con aquello que me aterra. Mañana todos cubrirán hasta el último centímetro de ese ascensor que no abordaré, porque en tierra firme me siento más seguro. Esperé años para asumirlo como un problema, doctor, y más ahora que se me hace inconcebible morir sin conocer París.