He matado, como Travis Bickel mató al asaltante en la tienda, hice lo que Chapman hizo a la doctora Harris, lo que me da pie para continuar en la danza o para descerrajarme un tiro en la sien. He matado. Paro de teclear. Me duelen los dedos. El índice encallece de tanto escribir.
de niro y yo



Han pasado tres semanas desde que Chapman no pega los ojos. Insomne, se lanza a las calles nocturnas. Acaba de concluir la enésima lectura de El guardián entre el centeno. Holden Caulfield parece haberse apoderado de él, de los restos que quedan de él luego de su intento de suicidio. Ha dejado de espiar a Lennon desde hace una semana.

La fresca noche lo anima a caminar entre los cedros, a internarse en un cinema nocturno, aunque al principio duda de esas marquesinas y del sistema que ha empañado Hollywood con cursilerías de la posguerra e ideologías baratas. Vietnam es una historia ajena, nunca le interesó comerse los dramas de otros. Taxi Driver, Martin Scorsese. Chapman se acomoda en una butaca vieja, de madera. Permanece atento, algo impresionado por Travis Bickle, el protagonista del filme, un ex marine que, desasosegado por el insomnio busca un empleo de taxista en Nueva York, navegante nocturno de la calle, testigo de la depravación urbana. Travis le recuerda a él mismo en sus recorridos bajo las sombras de la ciudad, un solitario irredento que descubre la podredumbre de esa vida marginal y decide, por sí, convertirse en el ángel exterminador.

Chapman, como Travis, ha conocido a una joven prostituta con la que se ha negado desde un principio a consumar. El humo y el whisky le repugnan tanto como las luces de Broadway y el semen de las butacas nocturnas. Como al héroe de noche, lo acompaña un blues cuya melancolía lo oprime, pero le hace olvidar al elusivo, distante y siempre inasible Lennon.

La sala, a oscuras, apenas refleja con la luz del ecran el rostro imperturbable de Chapman. “por la noche salen todos los animales, putas, pordioseros, sodomitas, travestidos, drogadictos a poblar esta gran ciudad y alguien debería hacer algo. Algún día llegará una verdadera lluvia y limpiará las calles de esta escoria”, dice Travis, que pronto sufrirá una gran transformación física y emocional. Easy Andy le provee de un arma, con la que entrenará en su misión de salvar a la humanidad de la mala hierba que crece alrededor de la urbe. Se observa en el espejo, apunta sobre sí mismo. Observa que para ser un soldado, bien viene un uniforme, ya lo tuvo en Vietnam y debe hacerse de uno en la ciudad. Algo distinto, singular. Expiación, el instrumento de Dios se hace cargo ahora de todo. Se rapa como un indio mohawk. Sin embargo, la iniciación de la némesis solo puede ser una opción a partir de un crimen real. Mata a un asaltante que pretende robar una tienda. Travis entra en la danza, lo demás es seguir bailando, destruir al proxeneta que desde hace semanas se ha tornado en su objetivo, liquidar los vestigios sórdidos de una civilización derruida por la corrupción. “El ángel exterminador” es él. El ángel, sí. Chapman está extasiado, no había sido presa de esa emoción desde que leyó por primera vez a Salinger en una instalación de la YMCA.      

Nemo vuelve a casa, se detiene en el espejo oval de su habitación e imita a De Niro en cada uno de sus movimientos (o más precisamente Travis). Apunta un revólver imaginario sobre su propio cuerpo “¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí, acaso?... Entonces, ¿con quién diablos crees que estás hablando?”. Desafía. Afila los ojos y los mantiene firmes sobre su propia imagen. La maldad lo atraviesa. Travis Bickel es la personificación sucedánea de Holden, una proyección activa, capaz de desmontar el mundo, primero a partir del intento de asesinato del senador Charles Palantine. Chapman repetirá la escena del espejo una y otra vez imitando cada gesto de De Niro, sus tics, la fijeza de los ojos sobre un blanco imaginario, la pausa previa, perfecta, de una premeditada carnicería. Holden es Travis. Chapman se desorienta, vaga como el errante Caín por Nod aún sin haber consumado el crimen. Vuelve una y otra vez al Dakota, ha retomado el hábito de espiar a Lennon, de medir sus pasos. El británico se ha hecho a un lado, no canta ni compone, pero es la gloria personificada, esa gloria que Chapman jamás conocerá.