Leo a Kundera en la cafetería central de la Universidad Católica mientras me llevó a la boca un pedazo de pastel de manzana. Degluto con dificultad mientras me agito con la frase de Nietzche, la ley del eterno retorno. Aún estoy en las primeras páginas, "si la vida se repitiera una y otra vez, ¿haría lo mismo? ¿Qué haría en adelante?" Quizás un poco tarde para hacerse preguntas. Vivir leve como Tomás, pienso, es mejor que soportar el peso del mundo en mis espaldas.
las pérdidas

Opto por no pensar, había perdido el empleo en el diario y la vida seguía un transcurso indefinido. Recordé los apuntes en aquel viejo cuaderno y en la primera agenda que me regalaron hace un chupo de años, en páginas dispersas siempre lo mismo: "el miedo a las pérdidas", "la posibilidad de la ruina, de perderlo todo". Dejé el libro a un lado, habían sido muchos los temores y los temblores (aún no había leído a Kierkegaard y mis saltos a la fe no habían sido profundos). Me preguntaba como tantas veces si tener hijos o tentar al corazón era demasiado peligroso como para soportar las incertidumbres, los miedos.

Me levanté de la mesa con torpeza, derramando la cocacola sobre una hoja de papel y experimentando aquella zozobra que se cierne sobre los que se preguntan por qué son elegidos. Todos viven tan bien, todos se ven tan felices, como si la vida fuera una línea recta en sus existencias y la mía estuviera expuesta a todos los sobresaltos. Había llegado al campus para esconderme del mundo, quizás porque había estado habituado a un lugar específico cada día de la semana: a un computador, un escritorio. Como un animal herido y evacuado, hurgaba el lugar exacto, aunque esta vez no tuviera derrotero ni horario ni pensión ni sueldo ni futuro.

Reabro el libro al azar como si un toque de magia me obsequiara las palabras precisas, pero solo leo un párrafo intrascendente. Reviso algunos de los poemas que escribí esa mañana sobre el césped, los tacho y al indagar en la hondura de mi  creación arraso lo último que me queda, la duda me hiere, ya no se quién o qué soy o en qué me he convertido.

Abandono aquellos patios sin saber que pronto sabría lo que es arar en el desierto.