La racionalidad económica lo ocupa todo, incluso las relaciones humanas. Nos dicen que el hombre busca maximizar su placer y eludir el dolor, lo que somete sus decisiones, vulnerando con frecuencia la máxima kantiana que nos manda como uno de sus imperativos categóricos a no considerar al otro como un medio sino como un fin en si mismo. 
solo importa cuan útil eres

Es fácil descubrir en la experiencia (aún cuando hagamos la diferencia a contracorriente de la mayoría) que vivimos siempre evaluados y que la vida no es otra cosa que una carrera por ser aceptados. Todos dependemos de un "sí" para tener un empleo, lograr un ascenso, casarnos, tener hijos, ser aprobados en todos los ámbitos de la vida social, académica y laboral. Lo frustrante para quienes valoramos la piedad es que ese gran mercado que es la vida se mueve por cuan útil eres y no por cuán mal estés y cuánto le importe al otro.

Cuando eres aceptado o te buscan o ves que todo se mueve a tu favor no es por efecto de la compasión sino por cuan útil eres para los fines particulares de cada cual. La deshumanización de la vida tiene su origen en la pérdida de valor de la condición humana, cuando el hombre se torna en una herramienta y deja de ser lo que Kant decía debía ser: una finalidad. El hombre es siempre un medio de otros hombres, sirve para alcanzar sus intereses, sino no sirve. Muy pocas personas, quizás por culpas o temores profundos anclados en creencias religiosas, acuden al que necesita de un pan, de abrigo, de compañía. El mundo es una máquina que logra su dinamismo por el egoísmo vil de quienes creen que todo gira en torno a ellos, incluso la vida de los demás.

Puede ser desalentador, como lo es cuando alguno de nuestros contactos en Facebook requiere ayuda, abre la vitrina de sus penurias y recibe no más que palmoteos en el hombro (numerosos emoticones lagrimeros). Hay personas que llegan a advertir de la posibilidad del suicidio, pero eso parece importar poco, el que menos solo pasa la página y sigue su curso dejando el dolor ajeno atrás. 

La miseria humana real no viste de harapos, no es la pobreza material o el dolor sino la indiferencia; de allí el descomunal valor de aquellos muy pocos que sin ningún interés velan, asisten o trabajan por los demás.