La libertad real es una utopía, salvo el martirio de quien se atreve a expresar todo lo que piensa o siente. Allí donde el interés, el pensamiento único, el prejuicio o la intolerancia mandan, el librepensador se ve sitiado, expulsado, enjaulado.
decir

Se teme a la transparencia como a la desnudez. Cualquier expresión puede ser capturada y colocada en la vidriera donde miles de idiotas harán adelanto de su quema de año nuevo. Las redes sociales restringen el pensamiento, también al corazón. Cualquier palabra puede ser tomada en tu contra aunque no sean sino la concreción verbal de tu autenticidad.

Desde luego, todos son perfectos y todos se creen con la autoridad moral de aunarse al ataque sin soslayar que a cada quien atañe una zona oscura, un secreto, un pecado, un crimen.

Frente al pecado ajeno todos somos moralistas, todos extorsionamos si somos depositarios del conocimiento velado a los demás, todos somos fariseos sorprendidos frente al desliz de uno, todos hacemos comidilla, leña del árbol caído. No interesa si no hay un ilícito de por medio, la piñata está colgada y no hay placer más festivo que darle con palo hasta destrozarla. 

El linchamiento moral es uno de los males de nuestro tiempo, lo que torna a este columnero en un obseso seguidor de la frase de Eco: "las redes le han dado voz a una legión de idiotas". Dios perdona el pecado, no la hipocresía (la tergiversación bíblica es mía).