Alguna vez el gran Carlos Calderón Fajardo, narrador peruano ya fallecido, escribió que sentía que había jugado cincuenta años en un estadio vacío. La frase me confrontó con el destino de la literatura y me llevó a entrevistarlo en el Diario El Comercio.
No sabemos

Quizás, en mis propias honduras no me atrevía a admitir esa frase, enigmática en un escritor de culto como él y angustiante en quien toma la partida como yo. Me encontré en la entrevista con un narrador premiado y admirado por muchos jóvenes que veían en sus letras lo que el mercado editorial se rehusaba a ver. 

Entrevistar a un personaje siempre deja algo, nadie se va con el corazón vacío y la mente despejada. Pensé en la descomunal incertidumbre de aquellos que, como este columnero, escribe (no importa el género o la plataforma) respecto del número de lectores que hay detrás de lo que elaboramos para bien. Ni aún en las columnas de un diario se sabe cuántos revisaron sus letras, ni en el anaquel vacío del libro que llegamos a agotar sin saber cuántos lo leerán o siquiera lo abandonarán a medias o lo odiarán. Un blog puede tener un contador de visitas que no dice mucho...Y al final esa sed de ser leídos para quedar, de ser leídos para no morir, de ser leídos para estar porque no emerger desde una pantalla o un papel se torna de pronto en un "no existir", y nada angustia al hombre más que no existir, aunque por paradoja sea el placer excelso del Zen. De allí el éxito de las redes sociales, donde un like es una palmeada a la espalda de un ser vivo, de un ser que no murió. Publicar es, para muchos, existir. 

Cuando abandonamos las redes sin que nadie repare en ello o cuando alguien nos deja de seguir sin que nos percatemos nunca, reafirmamos nuestro temor. La ausencia es sutil, pero tan radical como letal.