Nadie enseña a ser padre y cada hijo tiene una particularidad que convierte a cualquier modelo de formación en ineficiente. Castigar, premiar, al final y cuando se ensayan las primeras señas de la personalidad futura no sirven de nada. Si la casa es conflicto y la calle es evasión (con el stress incluido) algo nunca ajustó bien.
ser solo

Asumir una responsabilidad tan grande como la de formar una familia es menos imprudente que lanzarse a la Presidencia, pero es siempre una imprudencia porque se anda a "tientas y a locas", sin saber de la sustancia de la que están formados los hijos (hay algo que viene con natura) y se ignora de los recovecos peligrosos por los que se debe caminar en una relación deliberadamente planteada.

Hay familias que no son tóxicas para quien retorne de la batalla al reposo con techo y hay las que producen un alto nivel de stress por el conflicto y porque no se sabe lo que se puede esperar. Hay también edades más difíciles que otras, para los hijos y para los padres. Para los primeros la rebeldía adolescente y el responder por desafiar, sumada el escaso conocimiento del significado de la independencia personal. Para los padres, desde luego, bordeando los cuarenta o cincuenta, la incertidumbre de lo que vendrá, la ignorancia de la previsión, el acecho del abandono y la soledad, los escombros del envejecimiento y la muerte.

Al margen de la tragedia de la vida en medio de la gran fiesta que es (o que debe ser) la responsabilidad sobre el destino de la familia recae en los padres, pero llega un momento (cuando un atisbo de discernimiento debe alumbrar la mente del adolescente) en que esa responsabilidad se comparte con los hijos.

¿Cuándo acaba la formación? No lo sabemos, lo que sí es de las veces numerosas en que el influjo es inverso: cuando las decisiones juveniles reforman o alteran la personalidad y maneras de ver el mundo de los padres.