"No tienes una vida", le dijo su hijo, mientras él se alisaba el pelo frente al espejo. Su vida era aquel pequeño, el cuarto de baño, la cama y la vanidad. Se preguntó por la elaborada frase de su hijo sin alcanzar una respuesta que sobrepasara el hecho de respirar.
tenerla

Quizás tener una vida tenga relación con la proporción del tiempo vital que se pasa en la calle, pero recordó aquellos años cuando, desempleado, recorría en líneas repetidas al infinito los mismos jirones viejos como un autómata. Tener una vida es más que escribir, más que leer, quizás sea, pensó Juan, hacer en su edad aquello que nunca se atrevió o tener aquello que no tuvo. Era una de aquellas estaciones finales cuando los sueños se pierden por la resignación.

Vio la calzada, se desanudó la corbata. Uno cree que el tiempo solo pasa para uno, pero pasa para todos y no es ningún consuelo. Te encuentras con alguien luego de veinte años solo para recordarte de la elasticidad de tu cuerpo, lo deleznable de tu piel, la traición de tus células y la deformidad que es un dibujo deliberadamente trazado por la vida, que es también una ironía.

"Solo me han faltado trascender en mi obra y tener un gran romance", susurró Juan frente a ese espejo que le mentía todos los días. Nada es igual, como pretendes. El reflejo es solo un hielo, no nos muda ni nos representa. 

Un gran romance es solo la consecuencia de uno de esos accidentes que extrañamente ocurren, un encuentro fortuito como la caída de una piedra en tu cabeza desde un balcón deshecho.

Juan miró los ojos de su hijo y asintió. Se reanudó la corbata, ajustó su correa y salió a la calle. "En unas horas habré de volver".