La vida no se adapta a uno, uno se adapta a la vida. Ocurre como cuando empiezas a usar anteojos y alcanzas la claridad para leer esas letras que ya se te hacían imperceptibles. Cuando merodeas o corres por los cuarenta y vas, empieza la presbicia, tan difícil de explicar como de rebatir o combatir, señal clara del tiempo. 
los ojos que no ven

No es conveniente detenerse a pensar porque no es saludable hacerlo. Mucho de lo que uno aguardaba o a lo que uno aspiraba, comienza a difuminarse y entonces "soltar" es un imperativo para navegar en paz.

Sueltas todo aquello por lo que luchabas, solo navegas y te dejas llevar mientras purificas tu alma y dejas todo en manos de Dios, leal encargado de las cosas complicadas. Y sueltas, como quien tiene un lápiz empuñado con fuerza y finalmente lo deja caer con alivio y distensión.

Solo se puede apreciar la magnificencia del bosque si se mira a los lados, nunca si se mira a un punto fijo en el horizonte que nuestras manos nunca llegarán a alcanzar. Se llama "fluir", dejarse ir, que es la premisa de una paz interior bien ganada.

Nadie nace para ser soldado de nada. Dejas de esperar de todos, dejas de esperar. Te has colocado los anteojos con los que tu vista reposará. Ella dejará de esforzarse. Tú dejarás de dar batalla. Las cosas que no dejan de tener importancia y los deseos varios no mueren, pero se deja de perseguir la ruta, ya no se busca un puerto, se goza de las mareas con la imprudencia del marino embriagado que no se apura por llegar.

La vida no es lo que está más allá, es lo que tienes en tus manos, aquí y ahora.