Siempre la esfera ha representado la perfección y esta no existe sino en la imaginación de los ilusos. Cuando todo parece perfecto se toca el umbral de la duda como cuando se cae al fondo del pozo y se sabe que solo existe la posibilidad del impulso o la quietud infinita. Quizás todos hemos pasado por ese breve instante en que la conjunción de todo lo que nos atañe e inspira se reúne para susurrarnos que algo puede salir mal.
una tarde

Aquella tarde de 2012, dispuesto a editar un poemario, seguro en un puesto de trabajo (que además era el perfecto, "leer y volcar"), con la serenidad del mar ante mis ojos y con la firma puesta en un papel, todo se convirtió en una esfera. Trazando pasos en los portales de la Plaza San Martín, la complejidad del universo o los grandes misterios celestes se tornaron en secundarios frente a aquella sensación feliz. "Esto ocurre poco y por ser un punto del trayecto se echará a perder", aceleré el paso huyendo de la sombra de la tarde y de las inquietudes mientras me alejaba del Diario al que volvería mañana, pasado mañana y siempre, en un infinito que suele ser fatal.

Tres años más tarde aquella lumbre en los ojos se había apagado en nombre de la discreción, "contenga su entusiasmo, señor". Viernes Santo de 2015, nadie me ordenó que fuera, pero atravesé aquel umbral, subí las escaleras de mármol de aquel bello palacete sin imaginar que pronto no vería más ese salón. A veces los acontecimientos ocurren más a nuestras espaldas que frente a nuestros propios ojos. El día del fin estaba cerca y el fin no es igual para unos que para otros. No es lo mismo quedar plantado en la calle para un veinteañero sin carga en la espalda que para quien sostiene una casa. La crucifixión y el sermón, las largas colas en los templos del centro y ese aire denso era la vívida sensación del sacrificio. Ignoraba que solo un mes después el crucificado sería yo. 

Caminé sorteando a ese gentío bullicioso que expresaba su fervor en medio de un Otoño cálido y neblinoso, la contradicción de un clima y una ciudad en la que casi cohabitaron Santa Rosa y la Perricholi. No era ni soy de recorrer los templos, soy un discreto y solitario susurrador de plegarias. No hago aspavientos de mi fe.

Los siguientes días transcurrieron sin normalidad, y así entre rumores de cambios y posibles descartes se me pasó la vida, sí, "Abril es el mes más cruel". Eliot. Mayo fue el inicio de una nueva travesía, la de Ulises, la larga y azarosa línea de retorno que prueba la paciencia o la destruye.

Odio los aniversarios, los días claves, las efémerides y las fotos; ignominiosos separadores de página de esa ilusión que llamamos "tiempo".