Cuando Felipe se alejaba por el Jirón de la Unión, trazó la ruta de aquel viaje interior que le revelaría los yerros de su itinerario. María no había asistido a aquella cita porque no leyó la carta y aunque la esperaría el lunes a las diez en el mismo lugar, supo que había un círculo por cerrar. La había herido y una ofensa debe ser redimida por la humildad propia del ofensor. Se nos dice que debemos perdonar, pero poco se nos dice que debemos pedir perdón y arrepentirnos de una omisión, de una palabra de más, del filo bobo que nos robó la oportunidad, la amistad tirada por la borda por la urdimbre suicida de una frase. Felipe en su interior no dejaba de repetir: "Perdón, María". Sabía que su ausencia tenía una razón válida.
La soledad 

Felipe tanteaba su amistad, la aguardó también el lunes aun cuando el buzón vacío de su casa alertaba de una nueva ausencia. "Ella no vendrá", decía Felipe, cobijado por una casaca gruesa bajo la niebla de agosto. Al pie de la pileta observó la Catedral, confiado esta vez en la presencia de aquella dama que desde aquella tarde en Santiago la había encandilado.

A las diez el reloj se tornó implacable, se sucedían los minutos a una velocidad vertiginosa. Las once. Felipe supo que debía volver, repetir el vuelo y morir en el desierto, dispuesto como días antes a la renuncia anticipada. Las peores cartas no son las que nunca llegaron ni fueron leídas, son aquellas que nunca se escribieron. Él sabía que ella no leía esas cartas que a ciegas lanzaba desde un avión de papel sobre el asfalto desde la ventana de su departamento. Era una ilusión loca, un juego turbador, ella ya no sabía de su existencia y lo había olvidado. No leía sus libros. No la imaginaba en una librería comprando una de sus novelas. El olvido es una cara de la muerte, la más cruda, el hielo que quiebra nuestro brazo y paraliza el corazón.

Desde aquel entonces, desde la lejanía, se acomodó a la idea de que nunca serían nada aunque ella fuera para él su musa inasible. 

Atravesó la Plaza San Martín y aceleró sus pasos por Belén, atisbando en todos los rostros los ojos de María que nunca vería, que nunca en realidad vio. Para eso sirven las musas, para ser no más que las ardientes hijas de una visión que dolorosamente imaginamos porque nunca contemplamos.

Aquel lunes fue la última vez que Felipe pisó las inmediaciones del centro. La última vez que ardió como una tea lanzada al abismo. Este fue el último poema que desde una banca de mármol helada como la muerte le escribió:

"María, el viernes asistí, como lo hice hoy lunes, como no lo haré el martes ni el miércoles..."


Cruzan en la espesura azul

medusas del sueño

Infinita soledad del marinero

vastedad en calma

lejano puerto

vienen por mí las mareas.

Mientras el plancton

devora tus palmas

nos rodean

los seres larvarios

las nutrientes ramas.

Nos alimenta el océano

duerme la barca

sobre la mar brava.

Soledad bípeda

anudan las algas

anegan las balsas

y entre corrientes

la vela navega

echada a su suerte.