A veces el homenaje a un padre se confunde con un elogio a la beatitud y no es tal sino un reconocimiento al padre más que al hombre. La santidad casi no es humana y, en definitiva, no comulgamos con ser de los que tiran la primera piedra. No obstante, hay hombres que sin ser necesariamente aspirantes a beatos en los diversos ámbitos de su vida, la hicieron extraordinariamente como buenos padres, a veces superando nuestros alcances de los padres que somos. No hay mejor recuerdo de un hijo que el de la plegaria por el alma que fue y que es, una plegaria de amor convertida en poesía. Valga la ocasión
Retratos de mi padre (calamabur, 2013)                        Raúl Mendoza Cánepa




“Porque no espero retornar jamás

Porque no espero

Porque no espero retornar”

T.S Eliot (Miércoles de ceniza)


A modo prefacio

Mi padre ha muerto. Entre nubes densas y neblinas de verano, tomó la ruta de los pájaros. Hoy visité su casa vacía por última vez. Contemplé a solas sus fotografías. Él decía que apresaría el tiempo como al fuego cautivo de las leñas, pero él también era humo liberado y leña.

Sus retratos quedan, las fotos de los años del hogar. Pero los hijos se fueron, habitan territorios lejanos. El viejo curvado desde las vértebras azules, adoloridas, se quedó a morir en la vieja casa de todos los otoños, donde (en mi teoría) jamás habría de morir.

Hoy ardió la lumbre de las velas entre las flores y los maderos. Es una tarde de coronas. Recorro su casa, sus jardines, sus galerías pobladas de fantasmas y memorias.


1

Una lámina húmeda

perfila la silueta de un hombre:

Volkswagen blanco

en la acera de enfrente.

Como todos los días

asoma para recogerme y marchar,

recogerme y marchar...

La Kodak metálica de los primeros inviernos

hiela el aire espeso

en mi boca de humo,

congela el tiempo…

pero, igual la tarde muere al filo de las seis.

Es el tiempo sin misericordia.

Mi padre era solemne como las estatuas

frisaba sus cuarenta,

tanteaba a pie

los caminos

de las calles arqueadas.

Yo lo seguí siempre en penumbras.

Detrás iba

con mi apurada constancia.

Viejo Volkswagen blanco del 72,

aún el asiento traspira el lustre del betún.

Extrañamente, tenía la risa del papel

y un aire de cuerpo joven

como una ofrenda.

Es el tiempo sin misericordia

que destruye a las ciudades y a los hombres.

Cantaba al viento un romancero de fiesta.

Siempre cantaba un romancero de fiesta.

No pensaba entonces que habría de morir,

yo tampoco sospechaba

del filo acechante de la muerte,

o que sus ojos rutilarían

cerrados como una palabra.

Pero hoy el viejo tiene un aire animal,

fugaz como las cosechas

o como la yerba verde

que también habrá de morir

en un semicírculo de violetas

junto a los pastizales del jardín.


2

El hombre sacude las aguas en la bahía de Ancón

e iba entre sombras, 

siempre iba entre sombras,

como un condenado,

como un cometa nocturno

repleto de órganos,

como un cometa

dirigido a la muerte.

Pero era temprano

y la muerte le era un artificio extraño.

Nunca se hablaba de ella en el hogar.

Tampoco existía en las narraciones

de los antiguos profetas.

Calzaba entonces

dos chancletas romas

y dos pupilas le colgaban de las cuencas.

Con mis ojos minerales,

he vuelto al hogar del padre,

en esta tarde de ruinas,

envuelto aún

por la densidad del silencio.

Los cementerios pueblan los parques

y los rostros de la gente

invaden la bahía.

Es el páramo de mis ojos

sobre un malecón de tierra.

Pese a todo,

en estos habitáculos

reverberan sus historias

como canciones de paseo dominical.

La memoria surte los detalles

como el chicote

que precisa la piel del lomo.



3.

Sus cuentos pueblan el anaquel polvoriento

de las revistas viejas

en una sala de su casa.

Recorro el pasadizo

donde un día

me eché a andar.

Así conocí el mundo,

de medio lado,

de lejos.

Él también giró como loco

entre viajes imaginarios

sobre mareas imaginarias.

Él era el ojo cuervo

y el libro partido a la mitad.

Yo soy el ojo cuervo

y el libro partido a la mitad.

El conjunto de las piezas

habita un lagrimal como una ciudad

hecha de espanto.

Una imagen en la cabecera de la cama

Es el descubrimiento de la muerte

el que hoy me sobrecoge

entre nieblas.

Como fuera,

he venido a rastras para ver sus cosas.

Tengo las rodillas raspadas,

y los ojos de leve humedad.

Me he llevado apenas sus reliquias:

un Señor de la Justicia con inscripciones de súplica

un fardo de ropas raídas, 

una cruz de madera

las fotografías que cuajaron el tiempo 

como una trémula gelatina.

Ávidos relojes de arena.

He erigido un altar

al lado de su cama vacía.

Luego bajé al jardín

para tenderme en la floresta

a recordar los viejos perros.

Al borde de las tres,

(treinta grados)

respiro en sorbos.

Otra fotografía cuelga al lado de la cortina.

Tenía el entrecejo apretado

de los hombres serios.

Ha dejado una mujer, dos hijos

la sombra de una casa en ruinas.

En trizas los vocablos

y el verbo del susurro que puebla la intemperie.

Musita vaguedades en el cielo nocturno,

le oigo en mis penumbras imaginarias.

Pero es tarde.

Que el Dios de todas las tormentas

perdone sus faltas

y en papel jazmín firme su redención.

Que lo anuncien las flores de Ab Salah,

Que su ceguera sutil no perciba

su vaho en el espejo

ni la concatenación bestial

de todas las fibras

que hoy se le desgarran del cuerpo.

Tenía, digo, una mujer, dos hijos,

un sofá tachonado de estrellas,

un sillón y un relicario,

unas huellas impresas

en el concreto del patio.

Ya es inútil, viejo, musito bajo el lienzo

del ocaso.

Tiene la pelambre partida

y aquel lomo rajado

por las señas del tiempo.

En un caja deposito sus reliquias

que hoy relumbran en la intemperie

de un extraño sol.



4

mi padre ha muerto.

Ha osado trasponer el linde

del desierto.

Tenía

el trajín de un camino,

e innumerables fatigas por venir.

Veinte páginas, El rey de las piedras.

Las sombras no ignoran mis oraciones

como no ignoran las viejas narrativas.

No desdoblarán las lecturas nocturnas

ni los párpados que hoy le vuelan

de la cara.

Y, sin embargo, de las vastas praderas ha volado

para que una flor se cierre...

Aquí, a su casa vacía, solo vine a quemar los corderos

y los cuerpos de todos los hombres.

Vine a hallar su ruta,

sus espejos,

sus laberintos fortuitos.

Señor de las batallas,

vine a orar en el aire espeso

y a clamar el manto del consuelo.

Qué dictados rigieron su destino.

Oh Dios de los vientos,

perdona sus faltas

y que la jaula de sombras

no abra más

porque él ya puede ver lo que no veía,

porque los ojos estorban la simiente de las cosas,

porque las claridades solo habitan las cuencas vacías

de los muertos.

Gracias señor y que el río lave todas sus heridas.


5.

Desato las furias del trueno

sobre aquellos que hicieron

de su muerte

un susurro de imprecaciones.

Sí, dirijo la punta del rayo fiero

a las siluetas

que sortearon sus ropas y su cuerpo.

No le lloren,

hizo de sus garabatos una bala

y de sus versos una metáfora

que solo sirve para alumbrar los barcos.

No fue nada, el vigía que aguarda

la tenue abertura

de una puerta de madera

o

la boca que abre su corteza

al filo del alba.


6.

Señor,

Para retener el último alimento

mi padre sorbía del aire cálido de marzo

y aguardaba,

múltiple de hambre en el infinito muro

que separa la vida de la muerte.

Imploraba y entre imprecaciones abría la mano a una moneda,

garúa vital de la tarde nutricia

humedad sobre la yerba del camposanto,

ya no implora.

Siempre que llegaba

le ardía el intestino.

Le ardía la panza y el ojo.

Le ardía el oído muerto.

Desde su casa oigo aún la crepitación

de sus tripas vertidas al lodo.

Él no aguardaba las lluvias que picotean su lápida

ni los rostros que el viento esparce

como patéticas figuraciones

del tiempo.

Los lúgubres estíos

habrían de morir con él

como morirán un día en nuestras palmas abiertas .

Los hijos lloran al contemplar

el cadáver platinado.

Viejo de los jacintos violáceos,

ramo que su mujer no alcanza

a verter sobre su tumba.

Del macizo de las flores

en la atmósfera del 18 de marzo

bruñe apenas un corazón inmóvil.

Ávido era el viejo,

sin el artilugio del tiempo.

Pero hoy carece de reloj

y de vestuario,

y en su desnudez de aire seco

ruego por su elevación

al monte sagrado del padre.

Dale, Señor, el pan que me ofreciste en rodajas

la noche de anteayer.

Prescindo del Nescafé y de la sal.

Aquí debajo la vida nos seguirá igual

Y la muerte nos seguirá igual

Y el geranio yerto nos seguirá igual.


7.

Dama fúnebre

el hambre tiene el vértigo letal

y la impaciencia de los viejos.

Nadie aguarda sin agobio,

pero él aguardó sin sosiego

-y entre brumas sólidas-

la precisa hora de partir.

De los desiertos vastos

vuelco apenas mi beso crucial,

el último,

precisamente ese que no le di

en el albor de marzo.

El último que no vertí en su frente

de papel.

Fui agua,

apenas el arte vano de un juglar en apuros,

fui una fuga de fuego entre sus dedos

fue una fuga de sal entre los míos.

Un joven engominado bailotea entre las luces


5

La fotografía de un hombre

que chisporrotea como una brasa.

Baile de 1955.

No tiene el entrecejo adusto

ni la carne tiesa

ni la vejez encima

como un armario.

Aquel hombre,

del saco azulino sin estrellas,

danza entre las lluvias

que hoy horadan su cuerpo.

Que el justo Leteo al que recurrió a deshoras,

tenga piedad.

Cayó ayer como un fardo y de bruces

al hoyo del barro compartido,

bestial y negro, abismo de la muerte.

Hoy la muerte nos divide y nos reencuentra

en su última casa.


8. 

Viejo,

bronce mate en el aire espeso,

etérea memoria del cuerpo.

La muerte, digo, se cernió como un ladrón

sobre él.

Muerte, como a las ocho,

alba que precede al otoño,

a las ocho en el coso de la avenida,

tarde de toros sin capote,

a las ocho,

muerte

la del hielo y la de sus viejos guardianes.

A las ocho.

Aleteaba agitado

como una hélice.

A las ocho.

Hoy recorro su casa.

Atisbo los muebles y las habitaciones.

Sobre aquella cama yacía

entre las penumbras sólidas

de las seis.

Tanto tiempo desde la gomina,

los alfeizares y las damas.

Jugaba al Ajedrez con Eliot,

pero la muerte asemeja al lodo espeso

y a las fauces del lobo.

Él fugó entre las sombras vagas de las cosas, 

hacia un cementerio de metal,

la niebla ocupa hoy su esquina como un fantasma.

Ha muerto el viejo,

¡qué insolencia!

hoy gimen los espectros magros

de la tarde.

Se fueron Armstrong, Holiday y Rushing.

Nada queda del verano aquel

ni de todos los veranos

que partieron

como la porosa levedad del humo.

Hoy los hijos quiebran las raíces del otoño.

Vierte el llanto

un retorcido huarango.

Como él, tenía el rostro pálido

que se desmenuza

como una papa que se deshace al fondo de una vasija.

Deleznable sino

como las tinieblas moribundas que se diseminan.  

Es el tiempo.

Porque la vida nos transcurre por la muerte

porque la vida nos transcurre

porque la vida

porque....

El tiempo nos supera,

nos aniquila con sus garfíos de plomo

nos aniquila con sus garfios,

nos aniquila.

Las ocho en el reloj de la torre.

Las ocho en el reloj.

Las ocho.

El cuerpo hiede a su precisa hora.

Extraño rigor mortis,

rictus de un bostezo infinito.

A las nueve el viejo se torna en ausencia.


9. 

Como una hilera de troncos que se abrazan,

de uno en uno

el joven se cierne sobre el portón de madera.

Huelga general.

Silente hijo del labriego llamado Jonás,

el abuelo.

Ya no fecunda el viento en las hojas de Ayaviri

y de uno en uno lento,

hombre

apretujado en la línea precisa del tiempo.

Ha venido desde las cumbres,

para ocupar una línea delgada

como las ligeras trazas de la arena

que luego se deshace.

Huelga general.

señor de las batallas...

Su nombre era una cifra extraña,

acaso una nomenclatura en el margen

casi ya sin tinta,

pero en el fondo yo habitaba su pupila y en su pupila la memoria

y en la memoria una cuna

y en la cuna un niño

y en el niño las pompas vanas.

Entre sus papeles del acordeón de cartón

se sujetaban una a una las causas de sus guerras.

El rigor de mi sed no soporta las más sustentada excusa.

Solo no hay disculpas para la muerte.

Es la severidad de la sed en una garganta nueva.

Llora hoy el niño que soy,

aquel que contemplaba sus banderas:

la lid perpetua de la pensión

el pliego frágil siempre en blanco,

la arena en los ojos

al calor del cenit.

Y de uno en uno, él.

Homologación. Retrato nuevo de una tarde nítida.

Número quince en la cola,

vigía entre dientes,

papeles hoy sin importancia.

Es la hojarasca del otoño

que cubre las fúnebres memorias del río.

Un señor de bigote trabajando alguna noche azulada de abril


10. 

Con su camisa de almidón cuidadosamente armada

por una mujer que lo aguardaba a las cuatro,

al pie del muelle y el océano,

en los pies del monte

o en la última banca de un parque.

Siempre a las cuatro.

Bodas de diciembre al medio siglo

a las cuatro,

las horas se suceden impertérritas.

Lo recuerdo:

tenía los ojos rojos rojos de una esperanza antigua.

Siempre compaginaba y sumaba,

compaginaba y sumaba,

porque en el orden radicaba

el sino de la futura existencia.

Tiempo ubérrimo de la canasta del mercado.

Esencial hilera que nunca se detiene.

Filos helados en los brazos del infante.

Respiración crispada.

Trémulos pasos apenas menudos.

Otro día será, otro.

Aún oigo sus tacos huecos sobre las piedras huecas.

Trazaba su zapato la ruta habitual.

Mapa fijo en sus reverberaciones.

Nunca perdía el asombro.

Milésimo hijo

vuelto a la casa celestial.

Tiene una precisa pena en la solapa.

Sin el pan francés o la película para mañana

los caminos curvan hacia el sur.

Mi padre duerme.

Su semblante es adusto y firme

como las rocallosas de Puerto Varas.


11. 

Desgarran en la ciudad de amansados pasos

los ojos de su mujer, oblicuos, bellos.

La lágrima sutil de mi madre gotea entre las sopas,

el viejo se fue siguiendo la corriente del río.

Se cubren de niebla los espejos.

Niño en la pascua bajo un fluorescente

Foto en sepia.

Sospecho que respira

con aire entrecortado

y que se insufla bajo la vasta y dura mirada de su madre.

Hijo abandonado entre las tupidas yerbas.

Nunca recibió una herencia

mas sí un filón de plomo entre las tripas.

Siempre fue la suprema rebelión del rojo

en el libro de sus haberes.

La luz del techo era el guardián

nocturno,

el sacerdote que oficiaba

de puente con las

memorias de las cosas.

Pero no he venido a faltarle, señor.

El montaje funerario

hoy lo habita lejos de su casa.

Solo he venido a sus altares.

Humilde labriego sin títulos,

he venido con la lengua a roer

el viento de su palabra.

Eterna figuración que supera a todas las cosas,

la palabra es el ducto

por donde el aire solidifica la memoria.

Recurro solo a ella.

Torne su espíritu a la luz que sobresalta y tonifica.

Digo:

redímelo, Señor.

A Dios dirijo las gracias

y la bendita coronación de las plantas

que hoy rodean su cuerpo.

Un hombre con un calendario roto en una celda

Desde luego que de nada sirve contar.

Aquí dieron a su fin los misterios

Y he venido al pie de su cama

como alguna vez vino al pie de la mía

para narrarme los cuentos de Farah-el,

el mercader que se hizo a la mar

y que, en aras de su sueño,

descubrió los cementerios marinos

de Marieh.

Imagina, decía, “el hombre solo puede imaginar,

para escapar,

solo puede imaginar”.

Alrededor de sus vocablos,

gira hoy mi oración fúnebre.

Bajo la sombra de un muro de barro

retomo de hinojos la frase que corté

antes de llegar.

"Sí, Señor padre, mande usted,

aquellos ojos cerrados

no son apenas dos globos

en un recipiente de carne,

sino el amasijo vivo que hubo de morir

para volver sus pasos a la vida".

Rezo por esa mandíbula inmóvil,

por esos ojos de sirenas de Albatros,

por esos pliegues que un cajón contiene

como las magras señales del tiempo.

Las guadañas se baten en retirada,

pero su memoria queda

tan intacta como sus ropajes raídos.

Sus sesos curtidos por la sombra

susurran todavía en su espejo de metal,

dejan su ligero resplandor

y muestran su lumbre peculiar.

Sobre su mesa de noche El jardín de las delicias,

de Hyeronimus Bosch,

contemplaba el último libro que le entregué a deshoras

y que leyó antes del fin.

El bosque encantado reina en mis libros,

fui tan distante de sus cosas concretas.

El océano que se vierte en una fotografía

es un remoto punto de luz en el infinito.

Un farol cuelga del lado de la puerta


12, 

No hay palabras más ni palabras menos 

solo el muro de metal que nos separa

y el prodigioso y vano intento de capturar su perfil

en un viejo fanal de la casa.

Hombre empapado de sudor en vehículo público

No había leído a Verlaine ni descendía de la yerma del averno

al norte,

en la cercanía del océano que se tiende.

Vino de lejos, encamisetado y siempre al borde,

porque vivía al borde y al borde vivimos

y al borde vive el universo y su centro giratorio.

El borde es el contorno de todas las cosas

y el borde del hombre habita siempre en una caja.

Oh santo Señor de todas las causas,

que el sudor helado no pueble la frente de este hombre,

montículo de carnes magras que se montaba fatigado

entre los revoltijos de una calle del sur.

Salario roto,

se volcaba, viejo,

el goterón que secaba con un pañuelo ralo.

Se las vivía en apuro y al borde se las vivía

por sus hijos.

Tornaba a las cuatro.

Transfigurado y siempre al borde.

Moría su esfuerzo en la memoria tenue

del párvulo que corría por el centro de los parques.

Pero hoy recién lo sé, padre.

Vivía al borde.

Sí, porque para nosotros inventó las frondas de los árboles

y el secreto de las grandes fragancias

para que habitáramos serenos sobre el CENTRO de las cosas.

Panza arriba desabotonado.

Treinta grados en los termómetros.

Calor, enemigo de la batalla al mediodía,

Y él seguía, rifle en ristre,

timón en mano

entre todos los estribos.

Carecía de ejes y certezas,

los bordes siempre lo habitaron,

gran señor de las batallas.

Niño que se ahoga en un cuarto vacío

Me bullía la sangre,

y él siempre al pie para curarme.

Foto en el pasadizo

de la segunda planta.

Aguardaba al pie de mi puerta

mi pronta restauración.

Celestone para el asma,

medianoche entre lluvias

en una Monark oxidada.

Recorría cinco mil metros de losetas y jardines.

Las contaba sin reparar en los pormenores

de la perfecta geometría.

Alonso el espadero del traje de plástico

O Alphonse Smith, no hay diferencia

Siglo XVII,

Blanco o bronce,

da igual,

Museo Metropolitano de Lima

O Museum of London,

London Wall, La Parada,

Humareda entre putas o

Thomas Gainsborough

amansando a la yerba,

es lo mismo, el hombre,

el padre y el hijo,

reina el mismo silencio en sus casas vacías,

en el sepulcro de sus viejas memorias.

Mi padre ya no corre más,

ni vendrá más a curarme,

no habrá más una luz prendida en el último tramo de la casa,

para guiar el final de mis trayectos nocturnos.

No más,

porque la muerte existe en todas partes

y el adiós rigió también su sino.

La lámpara de su mesa de noche

ya está apagada.

Mis memorias

son como tintes ocres y espesas crepitaciones

en la estrecha geografía

de una celda.

1984, el niño jala las flemas que lo ahogaron,

pero ya no hay retornos,

hoy las losas se cuartean,

y sobre la vieja casa

montarán un edificio de metal.

Un hombre y un niño con una caña de pescar

Existe una planicie de lodo,

lejos de las aguas

donde oficiaron un día los peces.

Tarde de pesca en Pucusana.

Canículas, plásticos, tubos que se montaban,

cañas y llantas

sobre las turbias concavidades de la orilla.

"Dios, que esa piel no se le descomponga más,

que ya vienen los reyes de Mariah,

los de la mirra en el pesebre,

para contemplar su cadáver".

Los milagros no solo se ciernen sobre la tierra

de Oriente,

la esfera es celeste universal y vibratoria

y las gracias viven también bajo las indóciles tormentas

del sur.

Lloro.

No habrá de venir a la cena pascual.

Pucusana es una fotografía y un fogón,

una tela de acrílicos luminosos

(de veinticinco por veinte).

Recorro la sala vieja,

el sofá entre grises y telarañas

pervive a las neblinas.

Raspo mis huesos en la explanada del parqué.

Abro zanjas en el desierto de mi lomo gris.

Al lado de su cama no reposan sus huesos

pero orillo una oración:

"Señor, que una turba incandescente

cubra sus manos breves

que tocaron sombras y arboledas.

Vuelca, oh Dios, desde la eterna Magrehim,

el pálido juicio que se difumina

al concluir tu ira.

Obséquiale tu misericordia.

Señor de los dados,

(que se juegan por ventura y vanidad).

Que así sea".


13.

Dios padre

El anciano habitaba sombras

y solo aguardaba que el río fluyera,

que la vida fluyera,

que el aire helado

vertiera en sus venas

su filamento fatal.

Lloraba a solas

las inclemencias inagotables,

el conducto inexorable de la muerte.

Destino que dio finalmente a la mar con sus miserias.

Aguardaba,

como el paciente navegante

de Essaghe, ignorando el linde

del océano

la oquedad a donde irían a parar sus huesos.

Caja sin mayores ornamentos.

Cenizas sin rastros de brasas.

Dime señor si es justo el lamento ulterior,

el terror que relumbra en el ojo del viajero.

Yo soy tu fallido guardián polar

y quien da testimonio

de las miserias que anidan en las retinas

de los hombres.

Descripción a secas:

Cruzaba los ochenta sin pausas.

No había leído los diccionarios,

lloraba con un esplendor seco en la mirada,

tenía las vértebras colapsadas de una primera caída

y el cuerpo curvo como un ciprés seco

de una segunda caída.

Tenía la esperanza en añicos

sin las flores que acompañaron su primer romance

y el segundo

y el tercero.

Así lo vi la última vez.

Dios de los pájaros y de las cumbres,

altavoz de las tormentas,

suplico piedad para las blasfemias,

para los bramidos biliares

y para todas sus incontinencias.

Soy no más que el hombre

entre los intermedios del crepúsculo,

el notario de las horas aciagas,

no he descubierto el fuego.

En mi manantial oculto

solo anidan tempestades.

De Belgrado al oriente de las cúpulas doradas

la vida es igual.

Habría de morir.

Crepitaba el viejo un dolor sin bálsamo.

Siempre la curvatura del siglo

es patética

y patético el nevado que escala

el cuerpo trémulo

hasta la coronilla

y la soledad de los viajeros

más cercanos al puerto.

Oh Dios que inventaste las mitologías

y los espejos para quebrar la vanidad

de los hombres,

Dios del tiempo vulnerable

Dios de los declives que atormentan

en los estrechos territorios:

sus ojos cerraron entre oraciones,

que ellas no sean vanas.

Dios, que ese dolor de hueso fugitivo

no socave más,

que la mano seca florezca

en tu reino

y que el tálamo sea

aquel viejo pliego de infinitos y viejos calendarios.

Recuerdo su piel lisa y sus movimientos,

joven envuelto en una chalina

en el vaporoso humedal del verano:

fotografía en la sala azul

sobre marco de platino.


14.

"Señor, que el viaje aligere

en las hermosas noches del estío,

que el reloj juegue a la magia

y que no habite más

la casa imaginaria

dentro de un pueblo fantasmal".

Hombre viejo abrazado a una parra cargado de dolor

Mis rodillas se pliegan como dos papeles

en su altar

donde reinan todos los sacrificios.

He viajado desde las tierras de Goreh

donde han liberado al Godám

el viejo dios de las barcas.

Un trueno ha cuarteado los muros

de Constantinopla como una señal

de los antiguos cuentos.

Araño el aire.

La voz ha muerto.

Pero he llegado a él, igual, tarde,

con la leña de su seco parral.

Hombre de aguas y tierras partidas,

estela azul de ojos niebla.

Se fue en el albor del otoño.

Lo he contemplado

adolorido.

Cuello de metal,

columna de piedra deshecha.

Doblada cervical

en el claror de la madrugada.

Pero hoy ya nadie reza

y en altamar nadie reza

y en el oriente de las tierras nuevas

nadie reza,

y en la chacra colorada nadie reza.

Pero yo llevo la contraria.

Los laberintos solo sirven para la distracción

del hombre,

se erigen sin lecciones,

como el fin y el principio,

como ambos

cohabitan inútilmente en el mismo espacio.

Mi padre ha muerto.

Se despliegan sendas que se bifurcan,

seremos dos o tres o cuatro o cinco,

que es lo mismo que ser mil y uno.

Pero no estará más solo

entre los crepúsculos de la tierra.

Tenía los ojos bronces

de quien hurga libros viejos,

le narraba las letras a sus hijos.

A chorros contenía

un llanto antiguo,

uno nuevo y una furia extraña.

Tenía el vientre apretado, rígido.

Nutrió de pétalos blancos

las bocas que se abrieron.

Llueve sobre el reino remoto

mientras la sequía alarga su estación.


15. 

El puerto a la vista,

La marea se agita entre espumas

Se enfurece la barca.

El viejo y Caronte a solas.

Dos ancianos.

Será, digo, el desaforado Dios

de las espesas honduras

en las horas más cálidas

o la estación que rige los agostos.

Señor, protégelo de los dioses ignotos,

de los demonios que vomitan su fuego a la mala,

de la intemperie seca,

del rojo febril que recita tempestades

sobre el ojo seco.

Que amainen sus penas y sus furias,

que sus fatigas sean no más

que como un suave murmullo del mar.

Un hombre de negro abrigo corre en las calles

Quizás le socavaron el lomo

un día

y a rastras lo llevaron

y lo flagelaron al linde de un valle.

Quizás, señor mío, pero el sol mortal se cerró

en un semicírculo de metal.

El viejo

es hoy el reflejo de un espejo

en los patios. 

Labró sus surcos el tiempo,

pero no difuminará su memoria.

El hombre de la máscara de jade en los jardines sagrados

No serán las sublimes verdades

ni el polvoriento tambor

ni el recuerdo de las voces de los niños

los que rediman su sangre cautiva.

Será la piedad, Dios Padre.

Brazos prisioneros en el humo liberado.

Atisbo el jardín en las puertas

del camino angosto. 

Dinastías rotas

que desafiaron al siglo.

Vienen tropas

para derruir la historia.

Pero él huye entre los cánticos

de las viejas noticias de su tiempo,

Un radio descomunal con antena.

Las fórmulas terráqueas ya poco importan,

los tamborileos huecos ya no resuenan

ni humean las carnes de los hombres.

Bendita predestinación.

"Señor del vasto reino,

que arrecie la paz con el llanto de la brisa".

Jaspes encendidos sobre el cielo azul.

Soledad del que mira el puerto arqueado en un poste

Raíz que brota de los ojos como una ceniza

me extraña el pan dorado del marco.

Por segunda y tercera vez se cierran los espejos.

Marinero en Stabergersee que no fue,

vidrios rotos

refulgiendo al sol como un astro fugaz.


16. 

Mañana rota.

Muerte en el abrazo roto

de los otros

que son siempre los otros

y que lo ignoran

y que son hombres rotos

que habitan pueblos rotos.

También los muros se rompen.

Adioses rotos sobre las mañanas rotas.

Caribdis, rayos de sol volcados en la marea.

Cuadro final y roto al fondo de su cocina,

cuando hiede el pedestal de los tubérculos

sobre una canasta de paja.

Padre, hoy he descubierto la mortalidad.

La neblinosa Lima cubre

el sinuoso paso de los espectros,

y yo he ordenado tu casa.


“Gloria Patri, et Fili, et Spiritui Sancto.

Sicut erat in principio, et nunc et semper,

et in saeccula saeculorum,

amen”.