Los poemas nacen y mueren dependiendo de la esperanza o del olvido
Hubo una vez

Ella le escribe, desea una entrevista. Canta en las radios como un ruiseñor. Él se siente extrañado, le ruega un tiempo, no tiene el más mínimo interés en ella. La ha visto en fotos, tiene el rostro dulce como los caramelos rojoamarillos que paladeaba de niño. Le recuerda a una manzana, a las tardes del verano de la infancia, al mar. No tiene ninguna intención con aquella extraña que le escribe e insiste por la efímera fama de un trozo de papel.

Él accede, pero le reclama paciencia. Ella penetra en los abismos antes insondables de su alma. Se torna en confidente, él lee sus correos como quien lee a un ser extraviado que lo requiere. Se pregunta por qué ella urge de esa entrevista, qué aporta en su existencia. Ella le confiesa su desgarro, que hace algunos años padeció, fue presa de una circunstancia que no detalla. Para él sigue siendo una extraña, pero su vulnerabilidad va tocando alguna fibra, va abriendo puertas. 

Ella ha sufrido, la han golpeado, la han crucificado. Él no solo tiene curiosidad, quiere envolver su pena para lanzarla al vacío. La entrevista se posterga una semana y ella vuelve a la carga un día y otro, pero ya no es un vínculo impersonal sino la crispante soledad de un ser que parece necesitar ayuda. Ella le pide que le recomiende un libro para un corazón roto, él ensaya con "Rayuela" (Cortázar), ella le dice que ese libro es inútil, que alguna vez lo lanzó al basurero. Él da vueltas en su memoria repleta de títulos.

Ella le vuelve a escribir, lo interroga, quiere saber de él. Una tarde abre la red social que a veces les permite atisbar parte de sus vidas. Ella se confiesa enamorada de alguien, él cree que es el galán, le brotan alas y vuela entre sueños. La entrevista se posterga una semana más. Ella lo invita a su concierto, la cantante que no necesita entrevistas, persiste en volcar su imagen, sus palabras en esa página que él administra. Él le dice que no puede ir, que trabaja hasta la medianoche ese día, no tiene las palabras precisas para justificarse.

Ella vuelve como una ola, reiterativa, no se agota, como si la entrevista fuera vital, orgánica. Mientras tanto, vuelca sus penas, sus gritos de dolor contenidos en cada carta. Nunca precisa los detalles, ella le hace prometer que le buscará un libro que restaure su corazón roto, pero el corazón de él empieza a latir por una extraña, por esa extraña inefable que lo sigue. La torta se ha volteado. Él la ama. Ella le envía las respuestas por escrito según lo pactado, con ella una foto risueña. Él observa la foto casi con devoción. Ella le solicita algunos retoques pese a su hermosura. La rodean las flores y el viento, también la poesía.

La entrevista se publica, ella agradece. Él no sabe qué es lo que debe responder, tampoco quiere perderla. Ella ya le lanzó la tenue y luminosa red en la que él se dejó envolver. Le cuenta que vive separada, que debe, que tiene múltiples problemas, que desea estar sola, pero pactan un encuentro. Él teme, se teme  a sí mismo, teme el abrupto desinterés que ella muestra luego que la entrevista se plasmó en el papel. Ella le dice que solo puede verlo una hora. Él lo toma como una cortapisa, una manera sutil de deshacerse rápido, de cortar por lo sano. Nadie viaja una hora para hablar con una persona ya entrañable con la prisa de una hora. Él sabe que ella visita a una psicoanalista, él quiere convertirse en su psicoanalista. No tiene la formación ni el título, pero si las ganas, los brazos abiertos y el corazón cálido que consuela.

Ahora ella ya no es quien le escribe, la trama se ha invertido. Él le escribe, ella responde con pequeñas palabras. Él ruega atención, fue ella quien lo buscó, abrió la puerta y pasó sin tocar. Ella le anuncia que viajará pronto y que habrá más tiempo para intercambiar palabras. Viaja, él le escribe, vive al tanto de una respuesta que casi monosilábica llega al final del viaje.

La atención se ha trocado, quizás el amor no sea sino otra forma de perversión, la más cruel y suicida. Él la observa en el Facebook, su cuerpo merodeando las orillas, el mar como su mejor argumento. A veces no le responde. Él se ha empecinado, pese a que ella le dice estar casada con la soledad. Él desea saber qué le ocurrió, qué sufrimiento, qué circunstancia la golpeó hace unos años, busca entre los estantes el libro que le prometió a sabiendas que no es un libro el que restaura un corazón roto sino otro corazón que se torna en su dueño.

Le compra un obsequio, pero ella se va alejando. La entrevista quedó muy atrás y el sueño se deshace como un rompecabezas descompuesto. Nunca se lo dará. Ella lo sorprende en los tramos finales con una frase que él guardará para siempre: "Te envío un abrazo de alma a alma, siéntelo". Él se hace uno con las estrellas, su corazón palpita con sus ojos. La esperanza renace como tantas veces renació para morir. Era una bola soltada a su suerte en una ladera. Él le escribe y se confiesa. Ella se enfurece, lo bloquea, cierra todas las puertas que puedan comunicarlo. Él la pierde.

Se suceden los meses y los años. Ella se olvida, quizás no haya nada de lo que deba olvidarse. Él no se olvida, su corazón es un león rugiente, siempre vivo, que ama, que cultiva el jardín con la esperanza de que algún día ella vuelva. Es inútil. 

Nunca le dará el libro que le prometió, ella será feliz, amará a otros, seguirá su vida. para él, ella será su vida, su canción, su poema. Ella lo figura en el bestiario que la consume, como un stalker, un seguidor acucioso, quizás un zancudo que la sobrevuela. Él busca un libro para restaurar un corazón roto, ironía, nada menos que el suyo, el propio.

Ha transcurrido el tiempo y el tiempo es el olvido, también la muerte.