No es que el viejo debate del siglo XIX se reedite en el XXI sin Bartolomé Herrera ni los Galvez, tampoco se pone en cuestión el idealismo de la libertad individual o la soberanía de la inteligencia. No se trata de tornar a Platón y al gobierno de los filósofos ni al planteo de una sociedad políticamente organizada para el individuo y sus libres goces. El tema del debate es otro y atañe al contenido de las instituciones, una de ellas: el matrimonio y en correlato, la sexualidad.
Género

Es curioso, todos tienen razón y ninguno la tiene si es que nos polarizamos negando la sustancia de las posiciones controvertidas. Existe el sexo y existe el género, sin tocarse. El sexo es natural a la genética y la dicotomia hombre-mujer, que es innegable desde su estructura. XX y XY, no podemos darle vuelta a la biología y desnaturalizarla desde su raíz. No obstante, cuando sobrepasamos la biología e ingresamos al campo de las preferencias humanas es que la caja se abre y encontramos diversas dilecciones que podemos cuestionar desde el campo de la profesión de la fe mas no desde la libertad de los individuos para elegir su proyecto de vida en base a sus tendencias. La libertad supone la desligitimación de cualquier autoridad que se erija como el supremo decisor de las maneras como debemos peinarnos, vestirnos, relacionarnos o, con mayor trascendencia, con quién y con cuántos nos acostamos, qué profesión debemos elegir y qué proyecto de vida queremos construir.

Así, el debate liberal-conservador de nuestros días y que parece reducirse en la coyuntura a un tema de sexo-género, tiene una mayor implicancia. Sí existe la ideología de género, pero para ser más precisos, es un subtipo o un pequeño sustrato de la ideología de la libertad. El gran problema de este tipo de debates es cuando entran a tallar posiciones que escapan a la razón para circunscribirse en la fe. Difícil encontrar salidas a una polémica entre el dogma y la razón, cuando existen múltiples posibilidades para que un laico y hasta un agnóstico defienda con solidez y argumentos aquello que los religiosos defienden solo con las escrituras y el circunloquio en la voz. Un agnóstico e, incluso, un ateo con argumentos, tiene la legitimidad de obrar en el debate con razonamientos jurídicos, políticos, filósoficos, sociales y hasta científicos, y lo puede hacer en contraposición a la llamada "ideología de género" como contra el aborto o el matrimonio gay, si es que fuera el caso.

La dialéctica entre dos razones puede culminar en una síntesis rica y en argumentos que socaven y profanen la lógica del contrario sin que la religión organizada, ni siquiera la espiritualidad o la Metafísica intervengan para desbaratar lo que puede llevarse en la línea de la inteligencia y que no se deja refutar.

Gran debate entre conservadores y liberales si el campo fuera propicio para los intelectuales de ambos bandos y sin más instrumentos que el seso que se rebana en procedimientos y sustentos, no en premisas previamente fijas y rigidamente sostenidas y sin opciones de cambio ni morigeración. Ojalá nuestros debates fueran alturados desde la línea de la razón y elegantes desde la alocución.